Opinión |Por Milton Rivera|

En cuanto se confirmó la decisión del Gobierno nacional de avanzar sobre la coparticipación de CABA, Alberto Fernández dinamitó el último reducto de capital político que le quedaba para hacer frente a la heterogeneidad de su espacio. Socio minoritario como adelantaron muchos analistas, la participación del presidente en la coalición pierde cada vez más peso. En todo juego de poder, aquel que lo pierde se lo cede a otro. ¿Qué actor absorbe este porcentaje que se le escapa a Fernández? Inicialmente no parecían adquirirlo los gobernadores: ahora resulta que lo que pierde CABA será coparticipable con las demás provincias. A simple vista, Cristina Kirckner y Axel Kicillof emergen como los verdaderos ganadores de una situación que parecía complicarles la vida.

Sin olvidar el carácter unipersonal del Poder Ejecutivo, no hay que perder de vista que las decisiones (inducidas o no) las toma el presidente. Poco puede decirse de ellas dejando de lado las conjeturas habituales sobre el rol de la vicepresidenta. Pero lo cierto es que cada una de las determinaciones del último tiempo parecen ir en línea con el armado de poder que se juega en la provincia de Buenos Aires. Aquella arquitectura cuenta con cuatro personajes centrales que definirán sin duda el papel del oficialismo en las elecciones del año que viene: la propia Cristina, Kicillof, Berni y Máximo Kirchner.

Alberto Fernández fue elegido por Cristina como su compañero de fórmula para tender puentes con todos los espacios que la rechazaban. La relación con estos actores tuvo una intensidad desmedida en el período electoral, aflojó progresivamente desde el 10 de diciembre y hoy está seriamente deteriorada. A cada uno de estos jugadores les corresponde un episodio de desencuentro: al empresariado, la expropiación de Vicentín; a Clarín, el decreto que establece a Internet como servicio público; a Estados Unidos, la postulación de Béliz en el BID; al electorado de centro, la reforma judicial; a la clase media, el endurecimiento del cepo. En términos hegelianos, estas relaciones de poder que Fernández supo ir construyendo en sus días de operador tienen como síntesis el desencuentro en sus días de presidente.

Por eso podemos suponer que una de las características que faltaba estropear, con el proyecto que envió el Poder Ejecutivo para discutir el financiamiento de la Policía Federal, corrió la misma suerte que todas las demás. El mandatario ya no será el interlocutor del Gobierno con la oposición. La herida de muerte que supone este anuncio le saldrá caro en el largo plazo. No solo porque achica su capital como se dijo, sino porque además reúne a la oposición que parecía dirigirse irremediablemente a una disputa entre los moderados y los extremistas. Por primera vez, el espacio se abroquela detrás de Rodríguez Larreta, que implícitamente lanzó su candidatura nacional.

Foto: NA

De todas formas, desde el punto de vista estratégico parece una decisión razonable. La incapacidad del Gobierno para solucionar los problemas estructurales que arrastra el país, o lo mismo aquellos que surgieron con la pandemia, obligan a Fernández a traicionar su aparente vocación de unión. En campaña se presentaba como el candidato que venía a unir a los argentinos tras años de distanciamiento y rencores. Pero mientras el gabinete espera soluciones que (dicen) llegarán en algún momento, la grieta es la única salida. Es la cultura del aguante que hace unas semanas Guzmán denostó con tanta naturalidad. Sin ninguna credencial para mostrar, más que la resolución del default, el presidente apela a la base dura del kirchnerismo.

La grieta siempre puede ser una jugada arriesgada para la democracia. En medio de semejante despelote no sería bueno que una de las instituciones que todavía goza de prestigio en Argentina empiece a tambalear al punto de poner en duda a la clase política. Más aún si en el medio se desata un escándalo de tal bajeza en la Cámara de Diputados. Además, se confirmó un dato muy desalentador: la caída para el segundo trimestre del año fue peor a la del primer trimestre del 2001. Algunas élites sudamericanas se están cuestionando el orden político y son ellos los que marcan la agenda. El problema estará cuando las clases populares se sumen a ese cuestionamiento porque son esos sectores quienes marcan el pulso de la calle. ¿Tiene el presidente el poder para encauzar una crisis similar a la del 2001? Andrés Malamud dice que este Gobierno es una paradoja: “mucha gente pedía un Gobierno con honestidad radical y eficacia peronista, y hoy parece que llegó el resultado invertido”.

La decisión en sí misma es otro tema que vale la pena revisar. Argentina llegó al punto de justificar (y legitimar) una medida inconstitucional fundada en el argumento de que desplaza a otra del mismo tipo. Y la amenaza: si revisamos esta, revisemos también la anterior. Si bien es una jugada que establece ganadores y perdedores desde una perspectiva política, de forma inmediata también los hay desde el punto de vista económico. Abandonamos el mandato que había impuesto la Ley provisoria de coparticipación (aquel que establecía un plazo para elaborar una nueva Ley) como si fuera completamente normal que algunas provincias mendigaran recursos que por cuestiones objetivas les corresponden.

Independientemente de este caso, quitar recursos a los sectores más productivos del país para repartirlos en forma de subsidios ha tenido resultados precisamente no muy alentadores. Muchos dirigentes políticos se muestran preocupados por el destino de los fondos coparticipables. Pero no lo hacen con un criterio ideológico sino geográfico: la cuestión no es qué se hace con los recursos sino quiénes lo hacen. La inquietud que surgió en su momento entre los gobernadores peronistas que firmaron un documento en apoyo al presidente, ¿tendrá que ver con algún incumplimiento del ministro del interior? Todo parece indicar que sí, toda vez que la puja es por sostener una maquinaria política y electoral en aras del federalismo que la opulenta Buenos Aires busca evitar. Como sostiene Ramiro Albina, enfrentar porteños con bonaerenses es un tiro en el pie, teniendo en cuenta que son los dos actores más perjudicados del sistema actual. Argentina nunca tendrá verdadera vocación federal hasta que no se plantee seriamente, sin mezquindades ni oportunismos, el tema de la coparticipación. Es difícil recordar algún candidato a presidente con el tema en agenda por lo que el futuro no inspira demasiada confianza.

*El autor es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina (UCA)

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