Perspectivas del poscoronavirus: la esfera internacional

Scroll down to content

Opinión |por Milton Rivera|

La crisis desatada por la pandemia del COVID-19 no viene con manual de instrucciones. No se debería pasar por alto el carácter sumamente distintivo de esta situación: nunca antes el mundo se encontró sometido a una crisis autoinducida. Eso es, en definitiva, este enorme problema desde el punto de vista económico. Muchos países decidieron unilateralmente encerrar a los ciudadanos en sus casas para detener la circulación del virus, al tiempo que cerraron sus fronteras. La falsa dicotomía que se instaló en los últimos días en Argentina entre salvar a la economía o a la salud, deja a las claras la punta esencialmente social que tiene esta crisis: lo social visto como una generalidad. Es decir, las consecuencias son, en primer orden, sociales.

De todas formas, veamos este análisis que se ubica en un plano más mediato. Poco pueden importarle a un ciudadano argentino las transformaciones que sufrirá la esfera internacional como consecuencia de este virus, cuando su preocupación más importante pasa por el armado de un barbijo casero. Pero algunas observaciones demuestran por qué la configuración de los países en las relaciones internacionales del post coronavirus pueden inquietarnos.

Andrés Malamud suele sostener que la suerte de los presidentes argentinos depende exclusivamente de dos factores externos: uno es Estados Unidos y el otro es China. El país del norte influye en el deterioro de nuestra moneda y la disponibilidad de capitales a través de las tasas de interés que pone la Reserva Federal, en tanto que el gigante asiático determina en gran parte el precio de las commodities que vendemos al mundo. Sin mencionar la situación de renegociación de deuda que profundiza nuestra dependencia. En este sentido, la configuración del mapa mundial nos afectará indudablemente (tarde o temprano).

Por transformaciones en las relaciones internacionales no necesariamente me refiero a alteraciones en las tendencias evidentes antes de la crisis. Al contrario, coincido con Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional en Harvard, que sostiene que “China y Estados Unidos se mantendrán en su curso de colisión. Y la batalla dentro de los estados-nación entre oligarcas, populistas autoritarios e internacionalistas liberales se intensificará, mientras la izquierda lucha por diseñar un programa que apele a una mayoría de votantes”. En términos generales, la crisis acelerará procesos anteriores a su explosión e intensificará posturas evidentes.

google

Clasificando al Estado neosoberano

Pero por otro lado, hay algunos conceptos que irremediablemente deberán sujetarse a revisiones rigurosas. La comparación que establece el filósofo surcoreano Byung-Chul Han entre la Unión Europea y la comunidad asiática sirve para escenificar esta cuestión. ¿Qué importancia tiene el cierre de fronteras cuando dentro del país no se toman las medidas adecuadas para detener la circulación del virus? Según el autor de La sociedad del cansancio, en Europa abundan estas sobreactuaciones inútiles: “Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía”. Y acá me gustaría detenerme. ¿Qué es la soberanía y qué implica este concepto en medio de la pandemia? Originalmente estaba referido a la autoridad del Estado: no había nada por encima suyo. En la época en que se popularizó esta definición se hacía referencia la Iglesia. Visto en perspectiva hoy podemos preguntarnos por las organizaciones internacionales.

Por lo visto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) será victima de un escarnio público por algunas disposiciones erráticas cuando comenzó la enfermedad. Será utilizada además por los realistas (en términos de la teoría de las relaciones internacionales) como la expresión de un orden basado en las organizaciones internacionales que ya no tiene ninguna razón de ser. “La soberanía plena vuelve a los Estados” dirán. Pero ¿cuál soberanía? Weber define al Estado como una asociación institucional que “en un ámbito territorial determinado reivindica para sí con éxito el monopolio de la coacción legítima”. Pero en este caso, ¿qué coacción posible pueden ejercer los Estados de Europa si no cuentan con herramientas útiles? El cierre de fronteras entonces aparece como un autoconvencimiento de las facultades soberanas, cuando en realidad no es más que una reacción instintiva sin implicancias reales sobre la solución del problema. No quiero decir que estén mal, quiero decir que no son suficientes. Veámoslo en detalle:

En primer lugar, nadie quiere entrar en Europa. Al contrario, la gente quiere salir. Hay una demanda masiva de asiáticos que viven en occidente para volver a sus países de origen. Paradójicamente las personas se sienten más seguras en China (donde se originó el virus), Taiwán, Corea del Sur o Japón, que en España, Italia e Inglaterra. Y eso es fundamentalmente porque los Estados asiáticos entendieron que en el mundo de las telecomunicaciones la soberanía pasa por otro lado: el soberano es quien decide sobre el estado de excepción. “Es soberano quien dispone de datos”, dice Byung-Chul Han. Solo un ejemplo: en Corea, quien se acerca a un edificio en el que estuvo algún infectado recibe una señal de alarma a través de una aplicación. Estos países están usando la vigilancia digital para combatir al coronavirus. Y están siendo efectivos.

BLOOMBERG GETTY TOM HALL
Tom Hall – Getty p. Bloomberg

Europa, por lo pronto, sigue aferrado a modelos anquilosados de soberanía que abren un nuevo frente de crisis en la Unión. La sensación es que Bruselas abandonó a los Estados a su suerte y reavivó los tres focos que amenazan con disminuir la cohesión intra continental: la disputa norte-sur (Estados responsables, Estados gastadores); la división este-oeste (Estados populistas, Estados liberales); la competencia oriente-occidente (la influencia de Beijing y Washington).

Pero debería existir un punto medio. La cuestión es cómo apoyarse en la tecnología sin mojarse los pies en la fuente del totalitarismo. Cómo conciliar vigilancia y libertad individual. Cómo implementar el big data en las democracias liberales sin dañar (aún más) la concepción que los ciudadanos tienen de ellas. En Polonia sin ir más lejos, el viceprimer ministro propuso extender el mandato del presidente, Andrzej Duda, por dos años porque “los datos científicos muestran que es lo más seguro”. Quiero decir: la cuestión tecnológica sin cuidado ni resguardo de los datos personales puede suponer otro incentivo para que estos líderes autoritarios se lleven puesta otra esfera de privacidad.

Por otro lado, Estados Unidos aparece como el país con más infectados del mundo y no hace pie en la crisis mundial. Con las políticas de inyección de liquidez en la economía ensaya una maniobra, importante puertas para adentro, pero hasta el momento tibia en el plano internacional. Además Trump anunció que le quitará financiamiento a la OMS en pleno desarrollo de la pandemia, una movida que se suma a la retirada del la UNESCO y del Consejo de Derechos Humanos de la ONU ni bien asumió la presidencia. A Xi le gusta esto. “La globalización no se está muriendo por el coronavirus, se está volviendo más china”, tituló una nota de opinión David Rosenberg. Estados Unidos parece ya no estar interesado en ser el guardián del mundo. Europa tiene otra oportunidad y el mundo liberal mira a Merkel que asoma como la última esperanza del modelo que supimos construir.

unnamed

Peter Drucker, en su libro La Sociedad poscapitalista, sostuvo la transformación paulatina que fue sufriendo el Estado Nación en los 100 años que van desde 1870 a 1970. El viraje social que comenzó con Bismarck en 1880 condujo lentamente a un cambio sustancial en la consideración del Estado. Cada vez se arrogaba más funciones y facultades, y tras varios estadios intermedios terminó constituyéndose lo que Drucker llama el megaestado. Pero casi a la par fueron surgiendo fenómenos incontrolables que se traducían en demandas cada vez más complejas y heterogéneas de la sociedad. Incapaz el Estado de seguir creciendo y satisfaciendo estas demandas de forma efectiva, nacen las organizaciones internacionales. Y con ellas, la necesidad de ceder algún tipo de soberanía en virtud de la resolución de conflictos. Pero curiosamente, desde este punto de vista, puede que algunos actores individuales (determinantes) estén aprovechando esta crisis para recuperar soberanía que habían perdido. El resurgir de los Estados en una crisis global: ¿Volverá el megaestado?

Volviendo a Weber, la asociación institucional que supone el Estado también tiene un carácter político. Y lo político implica poder: es decir, la potestad de imponer la propia voluntad. El elemento del poder, sumado al del monopolio de la coacción, casi que describe naturalmente al modelo de Estado chino. ¿Será capaz Xi Jinping de vender su megaestado policial digital como modelo de éxito? El mundo occidental es una cultura muy diferente, mucho menos obediente y autoritaria. Sólo le faltará a China, dirá Weber, hacerse del elemento moral de la dominación: la legitimidad.

 

*Foto de portada: Evgenia Novozhenina p. Reuters

*El autor es estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina (UCA)

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: