M. Rodríguez: “Alberto está imaginando un peronismo para la Argentina, no una Argentina para el peronismo”

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Entrevista a Martín Rodríguez* | Por Tomás Allan |

 

Hay un palabra que se ha adueñado de los análisis políticos en la Argentina de los últimos 10 años. Presente tanto en las plumas politológicas como en los almuerzos con Mirtha, en las cenas familiares como en los periódicos internacionales que pretendían entender “desde afuera” a un país aparentemente excepcional, “la grieta” se convirtió en el concepto estrella.

Pero, ¿qué es la grieta? “Es tanto la estrategia electoral del macrismo, que encontró en ella la forma de ganar elecciones y gobernar desde una minoría, como el signo de una época: la etapa del poscrecimiento y la estanflación, de la eterna repetición de los mismos problemas, las mismas discusiones”, escriben Martín Rodríguez y Pablo Touzón en su libro La grieta desnuda (Capital Intelectual, 2019)Lo interesante es que Pablo y Martín se proponen explicarla sin caer en la crítica banal, vacía, llena de lugares comunes y frases hechas, propia de aquellos que reclaman amor y paz mientras se benefician con ella. Porque el nacimiento de la grieta no es el nacimiento de la polarización y las diferencias políticas, y su final tampoco lo es: es el final de algo que sirve para ganar pero no para gobernar (bien); que sirve para construir minorías pero no para transformar.

Entrevistamos a Martín para hablar de ello y algo más, porque hoy, luego de las PASO, hay algo más que grieta: hay síntesis. Hay síntesis en un peronismo que tomó nota y volvió a ganar una elección después de varias derrotas consecutivas. Hay síntesis en las figuras de Lammens y Alberto Fernández. Y de repente aquello que parecía una estrategia ineficaz para gobernar, también parece serlo para ganar. La grieta quedó desnuda.

Aprovechamos para conversar con Martín e intentar capturar algunas imágenes de la coyuntura política argentina. Sobre el peronismo y sus versiones; sobre el macrismo y su época; sobre grietas y síntesis. Y sobre los reflejos igualitarios que persisten en la democracia de la desigualdad. De todo eso hablamos con Martín Rodríguez.

¿Cuándo nace la grieta? ¿Cambiemos es un elemento constitutivo de ella o lo precede?

Primero: la grieta hoy no asusta a nadie. Vengo de una familia que nació puteándose por política. Eso de que me dejé de hablar con gente por política es un cuento chino. Boludos hay en todas las trincheras. E hijos de puta ni te cuento. La Argentina vivió la guerra contra el radicalismo, contra el peronismo, guerra de guerrillas, terrorismo de Estado, Malvinas, dos atentados, sublevaciones militares, hiperinflación. Como decían Los Redondos: “somos hijos de multivioladores muertos”. Así que la grieta tal como es descripta y mecanizada estos últimos años por los medios y la mayoría de la clase política es una etapa, un “clima de época”, y un modo panelista de organizar la política que siempre estuvo marcada por el conflicto y la polarización. Lo estuvo y lo estará. Lo importante es lo que pasa en la Argentina de la fractura social, que muchas veces se oculta en el mismo teatro político. En tal caso prefiero una grieta de temas y no una grieta como tema. Y claro que lo que conocemos bajo ese nombre específico nace en 2008, con el conflicto con el campo, y por supuesto que tiene una ilación histórica, porque nunca falta el bello militante de 88 años que te dice “la grieta empezó en 1810”. Sí, sí, y aún así… Pero aquel otoño de 2008 fue un momento serio. Veámoslo así: siete años después de que la sociedad metropolitana se movilizara en bloque contra la clase política (y De la Rúa se fuera dejando un tendal de muertos) se produce el conflicto de dos plazas enfrentadas en torno a una “política fiscal” (la 125). Del Que se vayan todos a Que se vaya el Estado de mi vida, dijo una multitud. Y vaya si no dimos un salto de calidad, aunque ahora lo quieran reducir a un “error técnico” de Lousteau, acusación insostenible desde el punto de vista político.

¿Y qué modificaciones producen esos hechos del 2008?

El kirchnerismo termina de tomar forma en ese 2008 porque nace el antikirchnerismo, y de hecho si ves el mapa del conflicto, es casi un mapa de la coalición electoral de Cambiemos, que se cocinó a fuego lento hasta 2015. Estuvimos en esas plazas, como un militante más defensor de aquel gobierno, y era palpable el odio anti kirchnerista. Cuando ese chacarero levantó el cartel de “Yegua Montonera” parió una época. La violencia verbal fue partera de esa historia. El gobierno de (Néstor) Kirchner había sido fuerte, con mucha autoridad política. Se hablaba durante ese gobierno del “riesgo de la hegemonía”, y era un mestizaje que había hecho convivir lo nuevo y lo viejo virtuosamente. Kirchner había tenido habilidad para combinar cosas, me acuerdo de una foto: Manolo Quindimil con Hebe de Bonafini en un mismo acto, y de algún modo la fórmula Cristina-Cobos era la versión más refinada de esa suerte de sinergia institucionalista que la 125 hizo volar por el aire.

cristina y alberto 2

¿Por qué deciden abordar la grieta críticamente en el libro? Muchos eligen reivindicarla para marcar una distinción clara con respecto a ciertas ideas o fuerzas políticas (incluso a veces superponiéndola a la lucha de clases).

Primero, en términos resultadistas, ¿a quién le sirvió? Si la analizamos por los resultados vemos que para el propio kirchnerismo fue la llave del fracaso, porque perdió las elecciones del 2009, luego obtuvo el 54% excepcional de Cristina, y después fueron todas derrotas consecutivas: 2013, 2015 y 2017. Dicho rápido: escribimos con mi amigo Pablo Touzon un libro contra lo que el macrismo quiso convertir en “sistema”. A la vez, en el proceso de esa “radicalización” kirchnerista se dio el alejamiento de muchos sectores del peronismo: uno de los mentores del kirchnerismo originario (el propio Alberto Fernández) y políticos como Felipe Solá en 2008, la salida de Sergio Massa y Moyano en 2012 y la relación tensa con los gobernadores, de la cual es expresión la candidatura de Scioli en 2015. Digamos que el kirchnerismo se había dado un límite electoral y conceptual. Por eso muchos sentimos que la decisión de Cristina de consolidar la unidad en base al enroque en la fórmula desbloqueó la energía política que estaba bloqueada. Autocrítica en acto que dejó en offside a los Jaimitos del Pro, porque ella sí anotó que dos años atrás perdió con Esteban Bullrich. Yo creo que ni la corrida cambiaria les dolió lo que les dolió esa corrida electoral. Y además sabiendo que Alberto es Alberto, que de Chirolita no tiene nada. De hecho hizo las cosas de un modo correcto: caminó la campaña a partir del exacto lugar donde termina el kirchnerismo. Es decir: Córdoba, los gobernadores, las clases medias bajas, la reconstrucción de relaciones con Felipe, el Evita, Massa, Bossio, Randazzo, Donda, los guiños a Lavagna. Y apoyó a Lammens que rompió la inercia derrotista en la ciudad. Y mantuvo una prédica explícita contra la grieta, visitando incluso los estudios de TN, donde el chisporroteo con Morales Solá no fue por el lado Magnetto de la vida sino por la ignorancia del periodista en materia económica. La campaña de Alberto (y en esto también la excelente campaña de Axel) no se regodeó conceptualmente con el conflicto en sí, porque sabe que los conflictos reales no nacen de las asambleas de teóricos si no que vienen por añadidura. Hizo una campaña de acumulación política, no de moderación, de cara a lo que viene: la renegociación de la deuda con el FMI. Sacó del rincón al peronismo. Un peronismo arrinconado seguramente por errores propios también, pero que parecía demasiado a la defensiva.

 


“La decisión de Cristina de consolidar la unidad en base al enroque en la fórmula desbloqueó la energía política que estaba bloqueada”


 

¿Puede verse a la grieta como causa del estancamiento económico actual?

No. Me parece que ya tironear tanto del hilo de la “grieta” puede llevar a no tener explicaciones exhaustivas sobre temas más concretos. Es decir, el estancamiento económico de la Argentina tiene que ver con un problema histórico que es la restricción externa. Y el problema del dólar es variado: no es solo que es la mercancía más deseada por los argentinos, sino que no podemos equilibrar un tipo de cambio entre el tironeo exportador y nuestra masa salarial que compone un mercado interno para el que también vive una enorme parte de la economía. Sobreabundar en que las claves de la organización política que rodean a la grieta explican la causa del estancamiento es excesivo. Porque además la grieta no es sinónimo de polarización. Hoy la política está aún más polarizada electoralmente, sin “terceras fuerzas” ni “avenidas del medio”. Se reconstruyó una unidad verosímil, de diversidad real y con discusiones más despojadas de la rivalidad tóxica personal. Y a favor de eso muchos discutimos estos años.

¿Y como consecuencia de los problemas económicos?

Y diría que la forma en la cual vemos las costuras de la grieta lo vimos más con el macrismo; con el uso político del macrismo, que es algo que se fue detectando en el transcurso del gobierno, un gobierno que no tiene un “proyecto de mayorías” sino el ensayo de una fórmula de gobernabilidad. El gobierno macrista, como dice Pablo, no inventó la desigualdad pero es una consecuencia de ella. Cuando se entendió que la llamada grieta era la única fórmula política de Cambiemos. Ellos llamaron “gradualismo” a la primera etapa pero luego tuvieron que hacer el ajuste, y entonces quedó más en evidencia en ese retiro del mar, cuando la cosa en 2018 empezó a complicarse, que la grieta era un recurso electoral para Cambiemos, que era quien lo había usufructuado con eficacia siempre. Funcionarios amarillos que decían “estoy trabajando para la candidatura de Cristina”. Y se volvió evidente. Y frente a esa evidencia quedó claro que significaba un modo de vivir la crisis pero no de solucionarla. Un modo de patear la pelota para adelante. “Que nos vote la minoría a la que beneficiamos y que en pos del espanto que genera el fantasma de Cristina nos voten los restantes”, los “ni-ni”, como los llamó Marcos Peña. Busquen las declaraciones de Alejandro Rozitchner, de Peña y otros, y van a leer ahí esa argumentación explícita.

¿Lavagna destrabó ese empate? ¿Alberto Fernández es la construcción de un Lavagna “por adentro”?

Lavagna tuvo la generosidad de darles a los demás lo que no se dio a sí mismo. Claro que es un hombre valioso de la política. Fue protagonista de la salida de la crisis de la convertibilidad, del pos neoliberalismo, junto con Duhalde y después Kirchner. Representó una etapa muy buena y muy virtuosa. No generó un mensaje hacia la sociedad -de hecho nunca despegó en las encuestas- pero sí hacia la política. Mucha gente de la política sintió cómo que se desperezaba la política con su candidatura. Me animaría a pensar (no por una cuestión de información) que sin su candidatura y el pequeño sismo que originó, no hubiera habido el movimiento que hubo en relación a Alberto. Creo que él decididamente quería ser una tercera posición y que no quiso de verdad arrimarse a ningún sector de los otros dos polos.

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Metámonos en Cambiemos. En el lenguaje del Gobierno hay ciertas palabras que aparecen con mucha frecuencia: “normalidad”, “modernización”, “integración”… ¿Qué significación adquieren en el imaginario macrista?

Me parece que el lenguaje de Cambiemos es un lenguaje confuso. En algunos casos retoma hilos que ya estaban instalados: la modernización del Estado, por ejemplo. Porque también hubo modernización del Estado durante el menemismo y el kirchnerismo. Y lo mismo con la idea de normalidad: los excepcionales momentos de equilibrio entre una macroeconomía estable y acceso al consumo fueron logrados durante gobiernos peronistas, aunque incubaran una bomba, como en los 90.

¿El Gobierno supo representar esa tendencia de las clases medias a “tercerizar la vida”, como mencionan en el libro? ¿Qué idea de libertad se expresa ahí?

Y… si vos le preguntás a cualquier argentino medio “qué es progresar” vas a encontrarte esas respuestas. En general las personas asumen como desafío propio lograr ese estatus de progreso. Forma parte del proceso de individuación. Falló el proceso de privatización del Estado pero no el deseo de privatizar tu vida: poder pasarte a una prepaga… Me parece que bajo esos estándares mucha gente vincula su idea de progreso.

¿Qué quiere decir que Cambiemos logró vencer al aparato peronista pero no al “peronismo social”?

En el libro señalamos la diferencia entre un peronismo institucional y un peronismo social. Ahí planteamos, por ejemplo, que la década del ’60 es una de las mejores décadas argentinas en términos de distribución del ingreso, participación de ingresos en las ganancias… A la vez el peronismo estaba proscripto y era innombrado, no estaba vinculada la izquierda al peronismo. El peronismo era los camellos del Corán. El año de la 125 hice una encuesta entre tacheros, cada vez que me tomaba un taxi y el tipo tenía más de 60 años le preguntaba cuál había sido “la mejor época”. Claro, lo había sido también en el mundo. Pero la mayoría me dijo: “con Onganía”. No extrañaban un gobierno, extrañaban una época. Pero una cosa es el destino del peronismo institucional, del partido, y otra el del peronismo social. Es demagógico o de golpe bajo citarlo pero uno diría que un país donde las empleadas domésticas hacen una rebelión, cortan el acceso al barrio, reclaman viajar dignamente, son atendidas y encuentran una respuesta a su acción colectiva porque se abre el barrio para que circule un colectivo de línea es un país donde en ausencia de otro nombre a eso se le puede seguir llamando peronismo, aunque no se haga en su nombre. Como dijo Ernesto Semán: el país de la acción colectiva que logra resultados.

 


“Falló el proceso de privatización del Estado pero no el deseo de privatizar tu vida”


 

El acuerdo entre los dirigentes peronistas, que se da bajo la figura de Alberto, ¿unió “por arriba” a un electorado peronista que estaba dividido? ¿O “abajo” la cosa ya había empezado a unirse y los dirigentes se limitaron a expresar eso que empezaba a tomar forma de demanda?

Las dos cosas al mismo tiempo. Cito al gran politólogo Rodrigo Zarazaga: “El problema del peronismo no se reduce a que el partido esté dividido: sus bases tradicionales lo están y forman dos mundos aparte. El taxista que despotrica contra el piquete que le impide circular y el desempleado en el piquete no son fácilmente asimilables en la misma expresión política, aunque ambos se digan peronistas.” Es una percepción de algo que probablemente la crisis barrió. Diríamos que el tachero y el piquetero vuelven a votar lo mismo.

¿Qué versión del peronismo imaginás con Alberto Fernández, si finalmente vence? ¿Habría riesgo de tensiones fuertes teniendo en cuenta la diversidad de actores y sectores que componen el frente?

Alberto es un político que reúne dos condiciones: sensatez y sobriedad. Me parece que Alberto no está enamorado del peronismo como si fuera un recién llegado, un converso, que todos los días tiene que reafirmar su identidad, está, en todo caso, enganchado con una idea de Argentina, que no es lo mismo. Decíamos con Pablo Touzon, está imaginando un peronismo para la Argentina y no una Argentina para el peronismo. Más que la identidad “albertista”, de un algo que aún siquiera empezó, el compromiso que viene es construir un nuevo clima político. El riesgo será conjugar todas las expectativas que despertó y todas las razones que dio. Pero presumir cómo puede ser un gobierno a futuro es imposible. El macrismo proyectó un mundo que no era y una economía que no era. Se supone que ellos venían de la economía y venían del mundo y le pifiaron. La Argentina ahora parece que buscó en un político clásico y en un partido que tiene setenta años el camino. Algo no tan a la moda de este mundo de olas, outsiders y cisnes negros.

 

*El entrevistado es fundador y codirector de la Revista Panamá. Escribió La grieta desnuda (Capital Intelectual, 2019), en coautoría con Pablo Touzón.

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