F. Suárez: “Los actores parecen haber perdido radicalización”

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Entrevista a Fernando Manuel Suárez* | Por Tomás Allan |

 

El sábado 18 de mayo Cristina Fernández anunció su decisión de correrse del centro de la escena para dejar a Alberto Fernández como candidato presidencial de su espacio y acompañarlo desde la vicepresidencia. La ex mandataria retomó la iniciativa política y obligó al resto de los actores a moverse. La respuesta del presidente Macri llegó algunas semanas más tarde, con la decisión de incorporar a Miguel Pichetto, ex jefe del bloque justicialista en el Senado de la Nación, a la fórmula presidencial que competirá en las elecciones por el espacio oficialista.

Ambas decisiones deben leerse en espejo, nos dice Fernando Manuel Suárez, profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata y mágister en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. ¿Qué mensajes quisieron enviar los principales líderes políticos del país? ¿Cómo quedó planteado el escenario luego del cierre de listas? ¿Qué criterios pueden ordenar la competencia electoral de este año? Sobre estos temas charlamos con Fernando, que aprovecha también para explayarse sobre la situación de la tercera vía y el tan divulgado concepto de la grieta. 

 

Ya con las listas de candidatos cerradas, ¿cómo puede leerse la decisión de Cristina Fernández de designar a Alberto Fernández como candidato a presidente?

Las interpretaciones han sido muchas. Está claro que la decisión de Cristina apuntó en dos sentidos. Por un lado a descomprimir el efecto que provocaba la presencia de su figura, sobre todo en el voto negativo. Al correrse al segundo lugar de la fórmula no diluye su potencial electoral pero sí intenta atenuar parcialmente el efecto por la negativa que generaba en el potencial electorado de Cambiemos (hoy Juntos por el Cambio). Y después también está orientada a terminar de acercar a sectores del peronismo, que si bien estaban dando algunas señales, esperaban un gesto para dar el paso a la unidad. Sergio Massa, la figura más visible quizá, pero también varios gobernadores, intendentes… que tenían visiones críticas sobre el kirchnerismo. Y este cambio de orden en la fórmula y la inclusión de una figura como la de Alberto Fernández, que supo ser opositor al kirchnerismo en el último tiempo, le dio aire al frente y logró integrar a estos actores que se mantenían todavía distantes o que incluso evaluaban alguna tercera vía.

¿Y la decisión de Mauricio Macri de que sea Miguel Pichetto quien lo acompañe en la fórmula?

La respuesta de Macri fue un poco en espejo, con la idea de aligerar los rasgos más sectarios que había tomado Cambiemos. Un Cambiemos muy hegemonizado por el Pro y sobre todo controlado por Marcos Peña, donde tanto el radicalismo como los sectores más políticos (Monzó, Frigerio…) habían perdido participación. Pichetto es una figura que viene del peronismo, que estuvo en el kirchnerismo pero siempre mantuvo algún grado de autonomía. Algunos lo ven como una forma de incorporar a una figura que de alguna manera radicaliza el discurso de una derecha más conservadora, que Pichetto lo encarna bastante bien y ha enfatizado ese rasgo en sus intervenciones públicas. También esperaban que a través de él se sumaran algunos actores. En eso quizá el Gobierno ha sido menos exitoso de lo que creían pero ha habido algunas incorporaciones, como el caso de Alberto Assef que sirvió para debilitar o dejar fuera de carrera a una de las opciones minoritarias que le sacaba votos a Cambiemos, que en un escenario de paridad o de polarización pueden terminar siendo muy relevantes, más en una elección de tres vueltas como es hoy en Argentina. Es una lectura doble: se aligera la radicalización del discurso pero se consolida la polarización. La polarización es un atributo del sistema; la radicalización es un atributo de los actores, algo que señala acertadamente Andrés Malamud. Los actores parecen haber perdido radicalización. Se sale de una etapa más defensiva de la polarización para ir a una más ofensiva, yendo a capturar algunas figuras y a través de ellos, –esperan- votos. Y también ganar tiempo en el efecto polarizador que siempre produce el ballotage, es decir acelerar ese proceso en desmedro de las otras alternativas políticas.

 


“Se sale de una etapa más defensiva de la polarización para ir a una más ofensiva”


 

¿Tuvieron los efectos que se esperaban? ¿Qué efectos tuvieron sobre otros actores políticos?

Fue muy efectiva la estrategia de Alberto Fernández en tanto permitió la incorporación de los actores que mencionamos. Todavía no me queda claro que eso tenga una repercusión electoral. Es muy difícil de medir su candidatura porque el electorado kirchnerista va a seguir referenciado en la figura de Cristina, y hay que ver cuánto voto se incorporó a esa figura. Lo de Pichetto tuvo un impacto quizás menor en la incorporación de actores pero le permitió quebrar fronteras que se habían vuelto muy rígidas, porque con Pichetto se sumaron también otros actores que quizás no se les dio tanta relevancia pero es importante destacarlos, como es el caso de Martín Lousteau, que es una figura que sigue teniendo potencial, a pesar de algunos errores tácticos que cometió.

Igualmente, el principal capital del Gobierno tiene que ver con la estabilidad económica y la posibilidad de sostener eso a cualquier costo. Ahí va a ser también decisivo el tema de los tres turnos electorales que tiene hoy Argentina. Me da la impresión de que el kirchnerismo apunta a lograr una victoria en primera vuelta, mientras que el Gobierno sigue apostando a ser el “Partido del Ballotage”, como bien acuño Ignacio Zuleta. A concentrar los votos negativos hacia el kirchnerismo. Sigue siendo un escenario abierto que hoy se muestra desfavorable al Gobierno y favorable al kirchnerismo.

macri y pichetto

¿Cómo queda la situación de la tercera vía?

La tercera vía empezó a sufrir los embates de la polarización hace un buen rato. Y llega al cierre de listas algo debilitada, sobre todo porque ha perdido muchos recursos organizativos (“los fierros”) que esperaba tener. Hoy el espacio de la tercera vía prácticamente no tiene ningún gobernador, dada la derrota del socialismo en Santa Fe. Y algunos actores que en algún momento flirtearon con esa opción (como el caso de Schiaretti, Uñac, Bordet…) prefirieron adherir al Frente de Todos, aunque manteniendo siempre una equidistancia prudente. Los gobernadores tienen que mantener una buena relación con los oficialismos, cualquiera sea, entonces no van a demoler puentes con ninguno de los espacios. En este caso olfatean que la victoria del Frente de Todos es factible. Creo que la tercera vía va a preservar un caudal electoral razonable, que puede no ser suficiente para el espacio en términos electorales, y que incluso puede deteriorarse a lo largo de las tres instancias, pero sigue siendo un caudal electoral decisivo en caso de triunfo en primera vuelta de cualquiera de las fuerzas. Ese segmento electoral, que podrá estar entre un 5 o 6 % (en una tesis muy negativa) y un 15 % (en una muy positiva), termina siendo fundamental, tanto en términos de lo que concentra en las primeras instancias como de cómo se va a desintegrar ese electorado en un eventual ballotage, en pos de alguno de los polos.

¿Se pospone la construcción de un espacio progresista no-kirchnerista de escala nacional?

Está claro que la derrota en Santa Fe parece una evidencia incontrastable de una crisis, dada la desaparición de figuras de ese espacio progresista en las fórmulas presidenciales, incluso si extendemos ese espacio al radicalismo. Creo que es consecuencia de una acumulación de errores y desaciertos de largo aliento. Hubo errores propios y luego la dinámica política también te conduce a un lugar. Hubo errores incluso en etapas de éxito. En 2011, cuando el progresismo queda como segunda fuerza nacional con aquel 17% de Binner, forzó una serie de interpretaciones por parte de los dirigentes y militantes de ese triunfo que luego condujeron a lecturas equivocadas. En ese sentido, me da la impresión de que el tipo de autocrítica que hay que hacer es más estructural y menos preso de la coyuntura electoral. Yo aligeraría un poco el derrotismo respecto de cuál es la fórmula final del espacio, con la incorporación de Urtubey y la subrepresentación del espacio progresista, porque si bien Lavagna acumuló errores a lo largo de su campaña, la decisión de incorporar al otro candidato que jugaba en ese espacio fue tácticamente acertada. Y ahí el progresismo tiene la posibilidad de meter algunos diputados. Encabeza la lista en Santa Fe, en Córdoba, va en cuarto lugar en la provincia de Buenos Aires, y eso es bastante interesante en términos de lo que representa hoy el progresismo en términos electorales. Creo que se requiere un pensamiento un poco más táctico y luego hacer revisiones un poco más profundas y estructurales. Hay mucho sobre lo cual reflexionar. Uno de los puntos más importantes va a ser el recambio generacional.

¿Estamos ante el fin de la grieta o ante una mera reedición?

Con respecto a la grieta, yo creo que estamos, por un lado, ante la fetichización de un concepto, que se volvió popular, que sigue dando títulos a notas, libros, análisis… pero que es menos idiosincrático de lo que parece. No me refiero en términos históricos sino de la política en general. Vivimos en un momento en el que la democracia liberal está viviendo momentos críticos. Y al mismo tiempo la polarización -que esa sí es una categoría adecuada- es un rasgo bastante extendido en las democracias contemporáneas. Y, como decía Pérez Liñán en una nota en Clarín, en un sentido deseable. Es decir, el problema no está en la polarización sino en la radicalización de los actores. Y en ese sentido la Argentina parece ser mucho menos radicalizada de lo que algunos comunicadores señalan. Y los cambios e incorporaciones en las fórmulas presidenciales daría la impresión que abonan esa lectura de una polarización no tan radicalizada. Por un lado eso. Después, la faceta negativa de ese aligeramiento de la radicalización y esta polarización con aristas menos duras tiene que ver con la situación social y política, que remite a la cuestión de que hoy el diagnóstico socioeconómico de la Argentina es muy negativo, entonces da la impresión de que el repertorio de opciones que tienen todos los actores principales (Macri, Alberto Fernández, Lavagna…) con respecto a esa situación son muy limitadas. Y va a costar mucho tiempo desandar socialmente eso. Los números en términos de pobreza, indigencia, inflación, crecimiento de la economía… son absolutamente negativos, y pareciera que ninguno de los actores –al margen de las expectativas de sus bases y de sus comunicadores- se diferencia mucho entre sí. Y esa es una gran deuda de la política. Eso lo señalan con mucha claridad Pablo Touzón y Martín Rodríguez en su libro. Hay una relación ahí entre la grieta política y las múltiples grietas sociales, que merece un análisis más profundo. Es una bomba de tiempo, que no ha estallado porque las políticas sociales se han mantenido y hay mecanismos de contención relativamente estables, pero que puede estallar en algún momento. Hay un punto de la fisonomía de la grieta actual que plantea eso: una grieta mucho menos beligerante que antes y que en otros países, pero al mismo tiempo como saldo de una economía que parece estar muy condicionada por la restricción externa y por el endeudamiento. Y eso ofrece un panorama al menos preocupante.

 


“El problema no está en la polarización sino en la radicalización de los actores”


 

¿Cómo queda configurado el escenario político? ¿Pierde fuerza el clivaje peronismo-no peronismo como ordenador de la política nacional y gana fuerza el clivaje clásico izquierda-derecha?

Con respecto a los clivajes yo tengo algunas dudas. Ordenan el escenario electoral, ofrecen coordenadas… pero yo no estoy muy seguro de que sean tan nítidos, transparentes y excluyentes entre sí. Me da la impresión de que es cierto que discursivamente parece estarse dando un corrimiento del clivaje peronismo-antiperonismo, pero me parece algo muy moderado. De hecho el Pro desde sus orígenes tiene muchos integrantes que provienen del peronismo (Monzó, Santilli…). Y con respecto al clivaje izquierda-derecha, me parece que funciona pero sobre tópicos muy segmentados. Es decir, sobre ciertos tópicos, ciertas agendas… y que va encontrando límites también por la ampliación de los espacios. En ese sentido, los enunciadores principales pueden tender a cierta línea. Digamos: Pichetto y Bullrich representan un discurso ordenancista claro de una derecha punitivista y el kirchnerismo tiene otra línea sobre eso; pero después el kirchnerismo ha tenido enunciadores importantes que hoy pueden no ser protagónicos pero que han seguido líneas similares (pienso en el caso de Berni). Entonces, da la impresión de que ese clivaje va a operar en algunos momentos pero no sé si va a ser decisorio. Sobre todo porque me parece que va a ser muy poco ordenador en términos electorales. El clivaje peronismo-antiperonismo sigue teniendo alguna correlación electoral pero no me queda claro que el clivaje izquierda-derecha tenga un impacto decisivo. Digamos, no me da la impresión de que los sectores más liberal-progresistas de Cambiemos (hoy Juntos por el Cambio), como puede ser Martín Lousteau o un sector del radicalismo que se referencia en él, vayan a dejar de votar al espacio por la figura de Pichetto u otros actores con discursos derechistas. Lo mismo a la inversa: daría la impresión que la lectura del kirchnerismo, si bien tiene un poco más esa autopercepción de espacio de centroizquierda, sobre todo términos económicos, después en cuanto a actores es más heterogéneo. Sobre todo ahora que se incorpora el resto del peronismo. No parece que el clivaje se proyecte sobre el electorado.

 

*Fernando Manuel Suárez se graduó de profesor en Historia (Universidad Nacional de Mar del Plata), magister en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata, fue becario del CONICET y se encuentra terminando su doctorado en Ciencias Sociales (UNLP). Actualmente es editor de la revista La Vanguardia Digital. 

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