Opinión | Por Antonella Bormapé |

 

Quien se detenga a pensar una respuesta sobre qué tienen en común el amor por “la camiseta”, la aflicción de haber perdido, la pasión por el equipo y la violencia de defender la bandera, podrá salir airoso respondiendo que se trata de un conjunto de pasiones humanas.

Sin embargo, si bien esa afirmación suena lógica, me atrevo a pensar que me están describiendo el espacio donde los varones se permiten manifestaciones que en otros ámbitos les son impensadas, o al menos invierten la lógica tradicional.

No es una sorpresa, entonces, que si ese es el espacio donde las manifestaciones más pasionales de gran parte del género masculino saldrán eufóricamente a relucirse sin tapujos, hablemos de un espacio cerrado, pues donde la masculinidad descansa, la aparición de las mujeres no solo los dejaría inevitablemente en evidencia atentando contra su seguridad, sino que, además, alteraría las reglas que lo rigen. Impensado.

Hasta acá, hablé de fútbol. Y desde acá, referiré al fútbol femenino. La distinción se debe a que, según Wikipedia, este último es “una variante del primero”, y si bien la distinción parece injusta e infundada, si vamos a los números podría pensarse que hablamos de dos deportes distintos. Veamos:

  • 5.200 biografías de futbolistas hombres son las que aparecen en la mencionada enciclopedia online, frente a solo 13 de jugadoras mujeres.
  • 6.000 son los artículos dedicados al fútbol masculino, y apenas 32 se vinculan a imaginarán quienes.
  • 30 millones son, aproximadamente, las mujeres que juegan al fútbol en el ámbito federado, amateur o profesional en el mundo.
  • 358 millones son los dólares que la FIFA entregó en el Mundial Brasil 2014 y 400 los que le otorgó a Rusia 2018.
  • 50 millones son, en cambio, los entregados para el Mundial de Fútbol femenino a disputarse en Francia en el 2019.
  • 24 millones de pesos anuales, son los que destinará la AFA para que puedan repartirse entre dieciséis equipos que juegan en la Primera División de fútbol femenino en Argentina, recientemente profesionalizado.
  • De 12.500 pesos es el salario mínimo legal en este país y de 15.000 pesos el sueldo básico que cobraría una mujer jugadora de la primera división.

Sin embargo…

Del año 1930 es la normativa que establece los derechos de los jugadores sin establecer diferencia entre hombres y mujeres, y 90 son los años que lleva el fútbol masculino siendo profesional. En cambio, en un país donde casi un millón de mujeres eligen el fútbol como deporte, el 2019 fue, recién y por fin, el año de su profesionalización, luego de reclamos realizados en las canchas, en banderas, en las calles, en la Justicia y en las redes sociales.

La historia del fútbol femenino sin dudas lleva años, y en un contexto donde el feminismo atraviesa casi todas las áreas de la sociedad y después de semejante masificación del movimiento en el 2018, donde mucho tuvo que ver el reclamo por lograr la autonomía sobre nuestros cuerpos, no es extraño que el deporte más popular y masivo de nuestro país no haya permanecido ajeno a la lucha, sino que también fue protagonista de una transformación sin precedentes en el último año en la Argentina. De ser una actividad marginal y olvidada, ha pasado a tener mayor visibilización y a alcanzar conquistas históricamente postergadas. No obstante, aún estamos a mitad de camino.

 


“Llegó la marca de un movimiento que abre la cancha para visibilizar la igualdad en el fútbol”


 

Si bien el “Chiqui” Tapia se anunció con el pecho inflado como “el presidente de la igualdad de género” y la AFA visibilizó el tema profesionalizando a las mujeres que quieren dedicar su vida al fútbol, la verdadera resistencia de la sociedad se relaciona con los estereotipos construidos por el género, que no hacen más que relegar el fútbol femenil a un segundo plano, y negar el apoyo económico y la cobertura que merece. En otras palabras, el avance fue sustancial pero incompleto, y profesional no fue sinónimo de suficiente: un mes después de aquel anuncio (que solo abarcó a equipos de la ciudad de Buenos Aires y alrededores, dejando afuera a las ligas del interior más competitivas), las jugadoras de la Selección debieron realizar un paro y no presentarse a las convocatorias. No cuentan siquiera con las condiciones básicas que les permitan poder vivir de ello, ni viáticos dignos, ni obra social, ni prepaga, ni indumentaria y calzado propio, ni condiciones de entrenamiento adecuadas, ni formación a largo plazo, y, como si ello no fuera suficiente, su sueldo equivale a un monto apenas mayor al mínimo vital.

La llegada del feminismo al espacio futbolero implica ciertos cuestionamientos que rápidamente despiertan argumentaciones defensivas en respuesta, vinculadas por ejemplo a la idea de que el fútbol de hombres genera y necesita más dinero por su mayor número de observadores. Pero esta mirada presupone la creencia en que el mercado asigna correctamente los recursos económicos, como si detrás de esa distribución no hubiera múltiples factores sociales que condicionan el funcionamiento de esta institución. Esa lógica mercantilista es precisamente la que viene a ser cuestionada: la desacralización del mercado que abre la posibilidad de impugnar sus lógicas desde una mirada ética cruzada por el feminismo. Revisar las asimetrías de género sin permitirse una crítica a la forma en que funciona el mercado restringiría notablemente el espacio de transformación.

Además, las mujeres ya no se conforman con ser profesionales, sino que también visibilizaron la necesidad de avanzar en otros terrenos: se convirtieron en relatoras, jefas de hinchadas, entrenadoras, testeadoras de camisetas y hasta lograron incluir el lenguaje inclusivo en los comunicados oficiales.
Los clubes de primera división, en un mundo machista como pocos, están revolucionados con los cambios. Llegó la marca de un movimiento que abre la cancha para visibilizar la igualdad en el fútbol.

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El mundial:  “No somos 11, ni 22”

Del 7 de Junio al 7 de Julio, en París, y con 24 selecciones divididas en 6 grupos será como se disputará este año la edición del máximo torneo femenino, que no solo tiene su propio álbum de figuritas y sino que cuenta con un memorándum firmado entre la FIFA y la ONU Mujeres con el objetivo de ayudar a mujeres y niñas a través del fútbol.

“Jugamos para una nación que no sabe nuestros nombres”, dice el desafiante spot de la selección alemana de mujeres en el año de la Copa Mundial Femenina en París. De eso se trata, pues estoy segura de que es probable que esta nota llegue a ojos de más de un apasionado futbolero, bien informado sobre el tridente ofensivo Messi- Agüero- Suarez frente a Nicaragua, atento a la posible vuelta de Mascherano, sorprendido porque Zárate quiera terminar su carrera en Boca, enterado de que Independiente volvió a llevarse al técnico de Defensa y Justicia y al tanto del Real anunciando a Hazard. Sin embargo, probablemente sean contados los que sepan que el año pasado, tras ganarle a Panamá en el partido de ida por el repechaje en el estadio de Arsenal, y frente a 11.500 personas, nuestra selección femenina se reservó una plaza en el mundial a disputarse en Francia, después de 12 años de ausencia.

Dirigidas por Carlos Borello, y con Estefanía Banini como capitana del equipo, las Albicelestes se ponen los botines y viajan a Francia a compartir el Grupo D con Escocia, Inglaterra y Japón, y con la idea de disputar un juego con lógicas muy distantes al fútbol hegemónico, ya que, en Argentina, son ellas las que han logrado penetrar y corromper hasta las cuestiones más profundas inherentes a la tradicional cultura futbolera Argentina: cambiaron enemistad por rivalidad sana, disputaron los cánticos tradicionales y pretenden transformar el fútbol en un espacio libre de discriminación.

Así lo ilustró en Twitter la jugadora con la cinta en el brazo y el 10 en la espalda: “NO SOMOS 11 NI 22, SOMOS MUCHAS MÁS”.
Sí, las pibas se van a Francia, a pelear el Mundial y todas las desigualdades de género, y a soñar con la refundación del violento, machista, corrupto y mercantilizado espacio del fútbol.

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