Bienvenidos a la máquina: claves para entender el nuevo periodismo

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Opinión | Por Milton Rivera |

 

Los principales funcionarios del Gobierno de Cambiemos se ubicaban como una pared de concreto en posición anfiteatrada frente a las gesticulaciones exageradas del presidente. Nadie decía nada más que un suspiro condescendiente cuando Macri largaba alguno de sus latiguillos sarcásticos que a esta altura ya parecen ser incontrolables para los asesores comunicacionales. “Siempre me calentó la mentira”, dice. En línea con las últimas declaraciones públicas, se muestra combativo. Para los esperanzados en el entierro de la famosa grieta y que no parecen dispuestos a desilusionarse: sopapo tras sopapo. Entre guiones cinematográficos y frases vacías transcurrió otro acto que viene a demoler el idealismo de una sociedad rica y constructiva en la divergencia: si no lo hubieran combatido de antemano capaz pasaba.

Aviso al lector antes de continuar con el scroll: por si no se nota, acá hay alguien que escribe. La aclaración responde a la necesidad de pararse fuera de lo que Martín Caparrós, en su libro Lacrónica, llama la Máquina-Periódico. Hace rato que no se habla de la crisis del periodismo, que por otra parte su vigencia se acentúa si uno se guía por las notas más leídas de los portales digitales. Por eso, lo urgente de la redefinición de algunos conceptos que pueden salvarnos del cataclismo: ¿Qué es noticia? ¿Qué es el periodismo y cuál es su mecanismo de adaptación? Nuevo periodismo: ¿Tiene lugar la literatura? Objetividad y subjetividad.

Para empezar, en la necesidad de combatir la inmediatez, las descripciones pobres e “impersonales” han ganado terreno. Detrás del velo del interés público muchos profesionales fueron cediendo a la cobertura de acontecimientos nimios y a la redacción chata: “objetiva”, distante. Por eso el comentario al pie del fragmento que fue usado para ejemplificar la nota sobre la reunión de gabinete ampliado de Cambiemos. Reivindicar lo político de la escritura periodística y su carácter esencialmente subjetivo (hoy) resulta de suma importancia. No de manera tan explícita como leemos más arriba; sí en los detalles, en las descripciones, en la primera persona, en la adjetivación: en el discurso, para ganarle a la máquina. Esa que dice aquí no hay nadie que escribe: esto es una ventana y del otro lado está la realidad tal cual sucede, sin intermediación. Esta es la verdad. Además del cinismo característico de sus voceros, esta teoría es la responsable de contenido con construcciones superficiales y limitadas, que en el afán de ser eficaces y espontáneas terminan siendo lo contrario: conservadoras.

Los parámetros para definir qué es y no es una noticia parecen encontrar la excusa perfecta en el interés público. Pero lo más lamentable, y quizás la causa de la distorsión más grande de los medios de comunicación en los últimos años en Argentina, es el hecho de que la noticia se transformó en un buen negocio. La llegada del gran capital a grupos, agencias o medios particulares para explotar los réditos (no tanto económicos, mas bien políticos) de su producción, sepultaron algunos valores esenciales del periodismo. Kapuscinski, en su libro Los cinco sentidos del periodista, explica que este era considerado un oficio cargado de principios y, leído en términos actuales, se lamenta porque el ingreso de personas completamente ajenas a su esencia implicó también un cambio rotundo en el trabajador: ahora es un trabajo trivial, como cualquier otro, “y el que hoy es periodista, mañana puede ser empleado de un banco o trabajar en una oficina”. En resumen, se reemplazó la ética de la verdad por la de la conveniencia, lo que aleja a potenciales nuevos periodistas y margina a los viejos buenos.

 


“Reivindicar lo político de la escritura periodística y su carácter esencialmente subjetivo (hoy) resulta de suma importancia”


 

¿Cómo superar una dificultad de doble vertiente?

Cuando en la década del ’60 surgió en Estados Unidos una oleada de ideas nuevas sobre la profesión, lideradas por personas que entendieron que el lenguaje periodístico clásico no describía tan nítidamente los sucesos que cubrían, el concepto de nuevo periodismo fue ganando lugar en un contexto parecido al de hoy (en crisis). Pero la dificultad de garantizar el surgimiento de un nuevo Gay Talese o un joven Norman Mailer, Tomás Eloy Martínez o Gabriel García Márquez (para ser más coterráneos), o la presencia de alguna mujer discípula de Robin Green que revolucione las editoriales de las revistas más famosas (y que todos ellos pongan otra vez la literatura al servicio del periodismo) se inscribe en dos claves de este tiempo: el surgimiento de nuevas tecnologías, que arrastran otra vez la discusión en dirección a los dispositivos y a su carácter inmediato; y la imposibilidad de derrotar a la máquina. Esto es: ir contra el sistema, salir del círculo de sometimiento. Caparrós dice: “Te doy basura, te entreno en la lectura de basura, te acostumbro a la basura, me pedís basura, te la doy”.

En este sentido, Jorge Fontevecchia, en Periodismo y verdad, identifica dos infraestructuras del periodismo: el sistema político y el sistema tecnológico. Es común que los problemas relacionados a los cambios más vertiginosos (llámese nuevas tecnologías) hoy ocupen la centralidad del debate, pero no hay que olvidar ni por un segundo la participación intelectual y harto escuchada denominación de “cuarto poder” que caracteriza a la profesión. Sustento de la democracia representativa y la división de poderes, el periodismo muchas veces cuando es atacado por partidos con vocación hegemónica debe encontrar otra salida que no sea la militancia, porque entonces estaría entrando en el juego del totalitarismo y la ceguera que tanto combate.

Debido a que hoy cualquiera puede ser periodista armado apenas con un smartphone; de la bipolaridad de la opinión pública -incontrolable e ingobernable por otro lado-; de los bot, trolls y la dispersión de sus fake news; y por el momento crítico que están atravesando los medios de comunicación y las agencias de noticias, sobre todo en Argentina: los periodistas deben afirmar una vez más los conceptos esenciales del buen ejercicio del periodismo. Los escritores que más valgan terminarán siendo los que engañen a la máquina. Los que hagan detener el ojo del caminante de a pie en un hecho que no suscita interés público, que no es noticia, y los que combatan las amenazas al sistema republicano de gobierno y todos sus atropellos. Steve Jobs fue el genio que fue por el arte de convencer; se negaba a regalar sus ideas y ponerlas al servicio del consumidor porque creía que había que cambiar sus hábitos y costumbres: muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo mostrás. Es hora de innovar en periodismo, como lo hicieron hace 60 años en Estados Unidos, para volver a ponerlo en el lugar que merece. Prosa literaria, redefinición de los criterios noticiables, ética de la verdad y un pacto periodista-lector de subjetividad explícita.

Más allá de esto, sabemos que hay cambios inevitables. No es cuestión de ponerse en una posición negadora, reacia a las transformaciones que por otra parte deberían impulsar a la profesión –no solo a esta- a reinventarse sabiendo aprovechar las ventajas que van apareciendo (aunque pareciera que en este sector está pasando todo lo contrario con responsabilidades que empapan a multitud de actores). Por eso entendemos que el foco debe correrse y apuntar más a las entrañas de la producción del contenido. En esta múltiple crisis, algunos intelectuales del medio surgen como destellos de claridad. Tan simple y clara como siempre, Leila Guerriero le puso palabras a la reivindicación del periodismo progresista: “El periodismo debe volver a contar historias”. Debe reinventarse, volviendo a las bases.

 

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