El Mercado de San Telmo, entre la renovación y la historia

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Por Milton Rivera |

 

Sobre la calle Chile en San Telmo dos personas arregladas se bajan de un taxi riéndose y haciendo equilibrio mientras pisan los adoquines del asfalto. Tan divertidos como entonados dan un saltito para dejar atrás el cordón y subir a la vereda. Son huéspedes del hotel Luxury Suites, uno de los mejores de Buenos Aires. A tres cuadras sentido a Independencia, sobre Bolivar, otras dos personas discuten  señalándose amenazantes y a los gritos. Están entre mucha gente en lo que parece ser una fila desordenada que espera impaciente en la puerta de un lugar. Uno lo acusa al otro de haberse colado. El banco rojo, dice el cartel de la fachada. Es un bar de comida mexicana que los lunes cierra sus puertas al público de siempre para abrírselas a otro: la gente que pide en la calle. El contraste es algo que caracteriza a este barrio porteño. Dos realidades antagónicas se mezclan: la pareja del hotel, la pareja de la fila. Y en el medio el Mercado de San Telmo, que parece unirlos y contarnos de qué se tratan estas contradicciones tristes porque dentro de él las hay más que en ningún lado.

Desde la entrada de Carlos Calvo, el olor a comida se va metiendo por los angostos pasillos y se entremezclan en alguna esquina dándole ese olor tan particular a algo con harina horneándose, a carne asada, a empanadas, a facturas calientes, a café. Los locales como islas en medio de ríos de gente que los delimitan son de una rusticidad típica de la zona y de sus calles, aunque algunos más modernos que otros. Lo mismo la estructura del edificio, los techos de chapa y el piso con baldosas de cerámica negras, amarillas o blancas. Los puestos son diminutos y casi no hay espacio para moverse dentro si más de tres personas quieren pispear la mercadería al mismo tiempo.

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La salida a la calle Estados Unidos está atestada de locales viejos que cambian el paisaje del renovado mercado que se ofrece como polo gastronómico. Hay olor a antigüedad, a humedad. Esta parte es una especie de altillo gigante, de esos que tienen las abuelas en sus casas para apilar lo que no usan. La diferencia es que las cosas que ofrecen estos comercios sí tienen quien las aprecie, sobre todo los turistas. Hay quienes dicen que son la verdadera atracción del lugar, la historia viva de un mercado con más de 120 años de historia.

De un lado está Coffe Town, un local pionero en el cambio que está ocurriendo en el mercado desde hace dos años atrás. Es un bar moderno que ofrece cafés de Etiopía, Kenya, Ruanda y muchos otros lugares, comida y cerveza tirada. Las mesas son compartidas, de madera oscura y estilizada. Lo paradójico es que la decoración tiene un estilo vintage con onda bohemia, de lugar antiguo y rústico, el estilo casual de los locales que están del otro lado del mercado (una pared sin revoque ahora está de moda). Basta que uno pase caminando con la mirada perdida para que Mariana Iriarte, una de las mozas, se acerque y ofrezca un “café del mundo”. “Yo trabajo hace 8 años acá. Te puedo asegurar que desde hace dos o tres años el lugar cambió muchísimo”, cuenta. Hay mucha gente sentada inspeccionando la carta con extrañamiento y sorpresa. Antes de ayudar a los clientes y ordenarlos en el mapa enorme que es el menú, Mariana explica que “hay muchos locales nuevos, más dirigidos al turista y no tanto al vecino de San Telmo”. Un mozo pasa por entremedio de dos mesas y pide permiso al verdulero que carga dos cajones repletos de manzanas. En una escena similar al testeo del vino, el muchacho acerca un vasito metálico lleno de café molido que tiene en su mano derecha a la nariz de una mujer rubia que habla un español forzado. Ella asiente. El joven vuelve al mostrador y prende la máquina para que el chorrito marrón empiece a llenar la taza. “Los dueños están intentando imitar los grandes mercados del mundo, los de Florencia, Londres, París” cuenta Mariana antes de alejarse para darle la bienvenida a más gente que pasea.

En la otra punta, Yupanqui. Está sobre la pasarela más ancha que sale a la calle, justo frente a la famosa parrilla La Brigada. Bajo el gran cartel azul con letras rojas y blancas y el dibujo de un gaucho que lee sentado, las figuritas, imanes y banderines de la vidriera tapan el interior del local. No se sabe bien qué vende. Hay un poster enorme de Scarface pegado al mostrador y Al Pacino vigila la entrada. Una bandera de Argentina, calcomanías de superhéroes, leyendas de fútbol, discos de vinilo, estampados de Independiente por todos lados.

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Atiende Aldo Sandoval hace 20 años, que ni mira a las personas que entran para no perder la lectura del diario. Tiene el pelo completamente blanco aunque puede que sea lo único que delata sus más de 60 años. Una persona le pregunta por el precio del banderín del River campeón de la Copa Libertadores 1986. Agacha la vista y asomando la mirada sobre los anteojos que sostiene con la punta colorada de su nariz le dice con voz apagada “están todos 200 pibe”. “Esto de mercado ya no tiene nada. Hay dos verdulerías y una carnicería, nada más”, dice abriendo los brazos con las palmas hacia adelante, en lo que parece ser un reproche. Y agrega “Esto es una movida de Larreta con los dueños del lugar. Pero no se dan cuenta que San Telmo no es Palermo, la gente es otra”. Pocas personas compran. La mayoría mira, revuelve, soplan sacándole el polvo a alguna cosa, preguntan el precio y se van. Algunos ni entran: miran lo que está en las bateas o los estantes de afuera. “Todos estos locales de comida que están poniendo son muy lindos, pero la esencia del mercado es otra. Es el vecino que viene a hacer las compras, y después, en segundo lugar, viene el turista” se queja.

Son las 5 de la tarde y los locales que de noche no registran movimiento cierran sus puertas. Los que sí, aprovechan para cambiar el turno del personal. En el local de Aldo trabaja su sobrino. Es un chico joven de pelo largo que tiene un arito plateado y redondo como un punto en su lóbulo izquierdo. Todos los miércoles se junta a jugar al fútbol 5 con sus amigos y antes de irse le pide prestada la camiseta de Bochini a su tío, que sabe que terminará por obsequiarle. En lugar de salir por el portón de su derecha, cruza el mercado por el medio. Antes de pisar Carlos Calvo saluda a un mozo amigo del local Merci, la nueva panadería boutique, garronea dos medialunas y sale apurado con una risa tímida y dando las gracias. Al mismo tiempo Mariana pasa por detrás de dos mujeres que toman mate en el pasillo, frente a su precario local de ropa y zapatos, y suelta a la pasada: “Un día de estos me compro un tapado chicas” y también se aleja hacia la calle.

El mercado está entre no perder su costado histórico, el lugar de los mandados dirigido al vecino, que en definitiva es lo que lo posicionó como punto turístico de la ciudad, y desarrollar una cadena gastronómica renovada, que sea persuasiva desde la decoración, la pinta y la oferta. La sensación es que la reticencia de los antiguos vendedores no es con los nuevos locales, es con el peligro de que el desplazamiento termine por alcanzarlos a ellos. Detenidos en el tiempo como están, temen que el tiempo se los lleve por delante. Lo cierto es que el equilibrio es atractivo, es una contradicción hermosa y un contraste poético siempre y cuando conserve su esencia. Es San Telmo.

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