Walter Docters: “El 24 de marzo es la memoria al servicio de la conciencia”

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Entrevista a Walter Docters | Por Antonella Bormapé, Juan Semerena y Tomás Allan |

 

Lo picanearon; le pegaron; le produjeron quemaduras; lo vendaron: lo torturaron. Walter Docters fue una víctima más de la última dictadura cívico-militar, como tantas otras personas en Argentina. Todo ese tiempo estuvo privado de su libertad. Siete años, desde 1976 hasta la vuelta de la democracia en 1983. Los primeros meses sin siquiera poder ver lo que había a su alrededor.

A Walter Docters lo secuestraron los militares en 1976. Se encontraba trabajando en el servicio policial, posición que utilizaba para hacer actividades de inteligencia que consistían en averiguar el paradero de compañeros desaparecidos. Su padre, también polícia, tenía relación cercana con Etchecolatz, a quien sufriría luego en el destacamento de Arana. Hoy es una de las personas que más declaró en juicios por crímenes de lesa humanidad en el país.

Antes de hacer la entrevista nos preguntábamos entre nosotros: ¿le preguntamos o no le preguntamos? ¿Y si le molesta? ¿Y si no quiere hablar de eso puntualmente? ¿Y si reabrimos heridas? ¿Y si se quiebra adelante nuestro? Con una voz tenue que denotaba una innegable timidez, finalmente la pregunta salió: “¿Te acordás del día en que te secuestraron? No sé si querés habl…”. Y Walter comenzó a relatar su historia. Habló de eso y de lo que siguió los siete años posteriores en los que estuvo detenido. Y de lo que siguió a eso, también.

El acto de declarar, de contar cosas terribles que sucedieron en la clandestinidad, dice, no lo alivia, ni lo sana. Pero sabe que es necesario: pone su relato al servicio de la sociedad. En una entrevista o en el mismo Juicio a las Juntas; en las visitas guiadas por el destacamento de Arana o en una reunión con estudiantes de secundaria. Habla también de Julio López, a quien le dedicó su libro y con quien tenía relación a partir de las declaraciones en los juicios por crímenes de lesa humanidad. Y nos cuenta lo que significa el 24 de marzo para él: “El 24 de marzo es la memoria puesta al servicio de la conciencia”.

Walter, ¿qué fue lo que te motivó a comenzar en la militancia? ¿Qué recuerdos tenés de esos comienzos?

Yo empecé a militar desde muy joven. Crecí en un contexto histórico en el cual la rebeldía era un instrumento natural. En realidad la rebeldía es un instrumento natural de la juventud en su generalidad. Así lo muestra la historia de la humanidad, donde el joven más que adaptarse al medio, pretende transformarlo a su parecer; lo cual es válido, y en lo personal me parece fabuloso. Todo esto fue aplastado en algún momento de la historia a partir de la fuerza y la opresión.

En mi caso particular, toda mi infancia la viví dentro de una etapa de alza popular, entonces creo que eso influyó en gran medida a que me acercara a la militancia desde muy chico, y lo hice en base al trabajo estudiantil. Transcurría por aquel entonces – en mis comienzos como militante- la dictadura de Lanusse, en la cual toda la juventud se encontraba muy castigada por aquel sistema. Eso llevó a una rebelión contra ese castigo, lo cual se empezó a ver materializado de muchas maneras, con una reacción bastante aguda por parte nuestra, de los estudiantes. Ahí empecé a darme cuenta que el sistema no revestía de un problema en particular, sino de un conjunto de ellos. No era un problema de los estudiantes, ni un problema de desocupación o de la suba de precios, sino que era un problema social bastante más profundo, por lo cual era necesario cambiar una sociedad injusta por una sociedad más justa. La militancia era el camino para transformar la sociedad, y en ese sentido, con una gran oferta de militancia y una gama de posibilidades de agrupaciones y partidos, es que yo me inclino a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

¿Qué función cumplías dentro de tu organización? Teniendo en cuenta que entraste a trabajar en la Escuela de Suboficiales y Tropas…

Por el rol que yo ocupaba dentro de la Escuela de Suboficiales, después de consultarlo con los compañeros de la organización, creímos que era necesario tener información sobre el enemigo. ¿Quién era el enemigo? Para nosotros era, y lo sigue siendo para el pueblo argentino, una clase social determinada que sofoca al país desde hace ya doscientos años, que está dentro de un grupo reducido de familias. Son los que manejan al país. Este grupo es, además, aquel que nunca dio respuestas a ningún reclamo popular y que castigó siempre a la democracia. Esta clase social fue la que siempre “ordenó” al país en ese sentido, y que cuando lo vio desbordado o desordenado quiso poner las cosas en orden. ¿De qué forma? A través de su perro de presa: el Ejército.

Siempre la información fue un elemento determinante. Así que a partir de eso, y teniendo en cuenta el lugar que ocupaba dentro del servicio policial, fue que yo pasé a la división de inteligencia. Allí mi tarea fue mantenerme dentro de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, tratando de ver qué grado de realización tenían las represiones dentro de la República Argentina. Una vez que entraron a funcionar los campos de concentración, comencé a investigar y pasar información respecto a dónde se encontraban estos centros clandestinos de detención y cómo funcionaban. Finalmente, antes de caer, yo estaba buscando específicamente el paradero de un par de compañeros de la organización que ya habían sido secuestrados, y que presumíamos que estaban con vida.

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¿Qué recuerdos tenés del día en que te secuestraron?

El día que me secuestraron fue un lunes. El fin de semana anterior me habían despedido por un altercado con un oficial que estaba escondido de un grupo represivo denominado “Grupo Puma”. Él me termina arrestando y el director de la escuela me levanta el arresto y me dice que me vaya. Yo para aquel entonces estaba en medio de una investigación por la búsqueda de Osvaldo Busetto, hoy todavía desaparecido. Teníamos la información de que había sido baleado en Plaza San Martín pero que había quedado con vida, y no lo podíamos ubicar en ningún centro clandestino. Después nos enteramos de que lo estaban operando por las heridas de bala en el Hospital Naval.

Una vez despedido de mi trabajo en la Escuela de Suboficiales me dirijo a uno de los responsables del trabajo de investigación por la búsqueda de Busetto y le digo que no daba para más, que iba a tener que irme; él me dice que sí, pero que haga un último intento el lunes, ya que estábamos muy cerca de tener la ubicación de su paradero. Ese día lunes a mi me secuestran equivocado. Me habían visto con un compañero de Montoneros y me agarran creyendo que yo tenía algo que ver con ellos. Así que me secuestran, me empiezan a picanear, y al rato un superior pregunta a los que me estaban torturando si tenían a Walter Docters. A partir de algunas preguntas deducen que efectivamente yo no era miembro de Montoneros, pero no me liberan.

¿Qué idea tenías como militante de lo que era un centro clandestino de detención y finalmente con qué te encontraste una vez que te secuestraron?

Al trabajar en inteligencia dentro de la organización tenía un noción de lo que significaban los campos de concentración y cómo se manejaban. 1 Y 60; Arana; la Comisaría 5ta… Las conocía a partir de los trabajos de investigación que venía haciendo. Así que yo conocía la película desde afuera, y cuando la conocés desde afuera deseás que eso no te toque, pero cuando la conocí del lado de adentro me dije: “cagamos”. Luego me di cuenta que la idea que tenía con anterioridad a comenzar a padecer lo que allí dentro se vivía era muy acotada.

En una de tus declaraciones como testigo decís que Arana “era impactante desde el momento en que abrías la puerta”. ¿Por qué?

Porque desde el momento en que entrabamos con los ojos vendados y desvestidos por una de las puertas laterales del destacamento de Arana te preguntaban si querías colaborar. Nosotros decíamos que sí y les preguntábamos cómo podíamos hacerlo, a lo cual ellos nos preguntaban dónde teníamos las armas; quiénes eran nuestros compañeros; etcétera. Ante nuestra negativa, ellos nos advertían que si no les dábamos algún dato que pudiera llegar a servirles nos iban a comenzar a lastimar. De allí nos llevaban a una sala de tortura, donde la primera de ellas era una sesión de picana eléctrica. Después de eso y ante la no colaboración nuestra, se agudizaba cada vez más el sistema de tortura dependiendo de la posición que cada uno tomaba ante esa primera tortura.

Hubo tres o cuatro actitudes diferentes frente a la tortura en general. Hubo un pequeño porcentaje, digamos un 5%, que tuvo una actitud heroica en la cual no solo no delataban compañeros, sino que además hablaban e intentaban convencer a los que se encontraban en aquella situación diciéndoles “nosotros de todas formas vamos a morir, no traigamos a más compañeros a este infierno”. La amplia mayoría de nosotros terminamos confesando acciones en las cuales estuvimos involucrados, sin mencionar ni dar datos de compañeros. Por último, otro pequeño grupo, digamos también un 5%, que decididamente colaboró con ellos.

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¿Cómo era el manejo y el grado de participación de Etchecolatz dentro del destacamento de Arana?

Etchecolatz en realidad era quien dirigía el destacamento de Arana, y también dirigía otros lugares dentro de lo que era el Circuito Camps. También estaba a cargo de distintos ataques organizados, como por ejemplo el ataque en la calle 30. Eso da cuenta de la relación entre el servicio policial y las Fuerzas Armadas, ya que quien dirigió aquel ataque fue Etchecolatz.

En Arana los que se encargaban de las torturas y recolección de datos eran personas designadas por Etchecolatz, que se remitían únicamente a él, sin intermediarios. Él no estaba en el destacamento permanentemente. Pasaba cada tanto, te podía ver, entrevistarte, pero no era la persona que estaba constantemente. Era un peso tan pesado que no podía estar ahí.

 


“Desde el momento en que entrabamos te preguntaban si querías colaborar”


 

Estuviste detenido 7 años…

Yo soy secuestrado, me llevan a Arana los primeros siete días y de ahí me pasan al Pozo de Banfield donde estuve otros ocho días más. Teóricamente ahí iba a quedarme, pero ese mismo día o al siguiente, a Busetto le dieron el alta, no porque estuviera bien, sino porque ya estaba en condiciones de ser torturado, entonces nos juntaron a todos para torturarnos juntos. Me volvieron a traer a Arana, estuve otros 7 días y de ahí me llevaron al Pozo de Quilmes, lo cual a mí y a la organización nos benefició enormemente. En Quilmes estuve 3 meses y de ahí me trasladaron a la comisaría 3º de Lanús, donde me legalizan a fines de 1976. Esa escena es casi ridícula: dan la orden para que me vayan sacando las vendas y cuando escuchamos eso no queríamos mirar porque pensábamos que era para fusilarnos. Un tipo de traje se presentó, nos dijo dónde estábamos y nos informó que la Brigada de Investigaciones de Quilmes acababa de detenernos en la esquina.

– “¿Me estas jodiendo?”, le digo.

– “¿Perdón?”, me responde.

– “¿Cómo vas a decir que me acaban de detener en la esquina si estoy hecho mierda, todo quemado”.

– “¿La primera cara que usted ve desde que fue detenido es la mía?”.

– “Sí”.

– “Yo le digo lo que a mí me dijeron. A mí me dijeron que a usted lo detuvieron en la esquina, yo le voy a decir a usted que lo detuvieron en la esquina. No me voy a hacer cargo de algo que no hice”.

Así nos desataron y a partir de ese entonces estuve un mes en la comisaría, de ahí me trasladaron a la Unidad 9 y luego a la cárcel de Caseros, que fue de las más terribles en la historia de nuestro país. Según la Cruz Roja, no podías pasar entre cuatro o cinco meses sin volverte loco… Yo estuve un año y medio. Después volvieron a traerme a la Unidad 9 y en el ‘82 me llevaron a Devoto. En el ‘83 salí en libertad.

¿Cómo fue el regreso a la vida cotidiana?

No te recuperas nunca más. Hasta el día de hoy, después de más de 35 años en libertad, vas descubriendo que aún hay cables que no te hacen contacto. Lo vas midiendo con algunas cosas. No creo ser del todo normal, hay cosas que son especiales y otras que no, a las que te vas adaptando o readaptando. De todos modos, en el momento en que yo salí, el que pisé la calle, fue muy particular porque me dieron la libertad vigilada tres veces y nunca salía. La firmaba y no cumplían la orden. Te verdugueaban a vos y a toda tu familia.

Cuando mi vieja se enteró que me habían hecho firmar la libertad vigilada, se quedaba en el bar de enfrente de la cárcel cuidando, porque en La Plata habían empezado a secuestrar a los que liberaban a la noche. En Devoto, si bien no pasaba eso, largaban a toda orden del día. Mi vieja entonces, en el resguardo, dormía sentada en una silla y apoyada en la mesa de un bar. La salida mía no se daba y no se daba. La primera vez que firmé se quedó un día, después se quedó dos, después tres, cuatro días, y al quinto le dije “vamos a esperar, andate”. No aceptó. Se quedó casi una semana hasta la siguiente visita institucional, deshecha y con diesciséis operaciones. Una salud delicada.

En Devoto pasó lo mismo y tampoco salí. Ahí acordamos que se fuera. La tercera vez, me hicieron firmar a mí solo. Mi vieja chocha, se queda un día, se queda dos y le dije “andate, porque si no pasó antes no va a pasar nada; no me van a largar”. No me liberaban, pero ella se quedaba igual. Le tuve que decir “es la última vez que te recibo, si no te vas para casa no te recibo nunca más”. Ahí fue cuando mi vieja se volvió, y al día siguiente me largaron. Estaba solo, me abrieron la puerta y salí.

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¿Con qué mundo te encontraste?

Me encontré con un mundo que no tenía nada que ver con el que yo había dejado: el dinero era otro y los modelos de los micros eran otros, entonces lo que hice fue caminar y empezar a relacionarme con gente, simulando que venía de otro lado, porque si decís que venís de la cárcel, te juzgan. El famoso “por algo será” o “algo habrán hecho”.

Cuando salí a tomarme el colectivo para ir a la estación de Devoto, que la conocía bien porque hice muchas cosas a lo largo de la militancia, subí y me paré para darle el asiento a una señora, que se quedó mirándome y me preguntó si yo era de ahí porque acá nadie daba el asiento. “En Uruguay lo damos siempre”, respondí (ríe). Llegué a Devoto, me ubicó dónde tenía que bajar, me tomé el tren, llegué a La Plata y empecé.

Me encontré con una sociedad diferente: hundida en el individualismo, alejada de las luchas sociales, con esa doble vara de que la dictadura había sido una porquería pero que dentro de todo había puesto orden en un montón de cosas; que la democracia era necesaria pero que no todos sabían.

No sabía dónde insertarme ni cuál era mi nuevo rol, pero como no me arrepiento de nada de lo que hice antes, quería seguir transformando la sociedad, aunque no encontraba herramientas. Me dediqué a la liberación de todos los compañeros que quedaban presos y a la búsqueda de los desaparecidos que aún estaban con vida. Lo hice durante un año y medio, dos años, y eso luego fue llevándome nuevamente a la organización política.

Siendo una de las personas que más declaró en juicios de lesa humanidad, ¿sentiste miedo alguna vez?

Siempre tuve miedo. Cuando salía a repartir volantes, miedo de que me agarren y me caguen a trompadas. Las veces que me enfrenté con el enemigo, de que me maten. Cuando caí, de que me maten o me torturen. Cuando me torturaron, de morirme yo mismo. Tuve miedo en la cárcel y, finalmente, tuve miedo porque fui acosado en un momento donde los militares continuaban siendo muy fuertes. Para el Juicio a las Juntas de comandantes, en 1985, yo caminaba con mi esposa y se nos paraban adelante, nos sacaban fotos y se iban. Periodistas no eran, obviamente. Tampoco lo necesitaban. Era una forma de decirte “acá estamos”. Miedo tuve siempre.

También tuve miedo cuando desapareció Julio López, y después, cuando entraron a mi casa, rompieron todo y se llevaron nada más que documentación. Lo que conseguí siempre, hasta hoy, es que el miedo no me paralice. Soy un ser humano que no le gana a nadie. Ante todas las cuestiones de peligro me he manejado con miedo y me manejo con miedo, pero el miedo nunca nunca logró que yo me paralice, que deje de hacer las cosas que estaba convencido que había que hacer. En todo caso me enseñó a ser un poco más prudente. Si voy a un lugar oscuro, me llevo una linterna. Pero no dejo de ir.

El acto de declarar, de contar cosas terribles que sucedieron en la clandestinidad, ¿sana? ¿Alivia? ¿Reabre heridas? ¿Qué genera?

Mirá, hay gente, sobre todo familiares más que sobrevivientes, que plantean que sana, que hace bien, que los beneficia. No es mi caso. En mi caso particular eso no ocurre, no es un bálsamo haber ido a declarar. Este año se hace el juicio de Quilmes y Banfield, donde soy testigo, querellante y caso. No es que salgo más tranquilo, o bien, o aliviado. La verdad que no. Lo mío es perseguir la justicia: a estos tipos los voy a perseguir, vivo para perseguirlos. De la misma forma que en otros ámbitos o en otros sentidos vivo para, por un lado, tratar de ayudar a la organización popular en pos de la lucha por una sociedad más justa y lograr la segunda y definitiva independencia. Y para vivir la vida. Disfrutar de las cosas que tiene, de todas sin prohibiciones. Cuando has estado charlando con la muerte te das cuenta que el ratito que tenés para tomar un mate… disfrutá el mate.

 


“Entraron a mi casa, rompieron todo y se llevaron nada más que documentación”


 

Tu libro se lo dedicás a Julio López. ¿Por qué?

Porque era una síntesis. Se lo podría haber dedicado a mis hijos, que son lo más importante que tengo en la vida, mi realización. Se lo podría haber dedicado a mi vieja, que en lo personal fue dios para mí. Fue la primera compañera que yo conocí, porque la conocía de antes: era mi vieja. Se lo podría haber dedicado al pueblo argentino, porque en definitiva lo que hice fue escribir un libro sobre algo que no me afecto a mí, sino a sectores de la lucha popular que pretendían una liberación. Se lo podría haber dedicado a los compañeros desaparecidos, o a los muertos, porque se han quedado en el camino de la lucha del campo popular… Me pareció que todo eso estaba encerrado en la figura de Julio, que está desaparecido por segunda vez, que es un compañero que hay que revindicar, que a mi vieja le hubiese parecido bien, que mis hijos lo iban a entender como una cuestión justa porque comparten la búsqueda de Julio López. Me pareció que era una síntesis de todas las personas a las que se lo podía dedicar.

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¿Tenías relación cercana con él?

La tuve a partir de los juicios. En la cárcel nos cruzábamos; él estaba en un pabellón más común, más normal, y yo estaba en uno donde tenía un grado de rigurosidad y vigilancia mucho más agudo, entonces no nos permitían juntarnos con otros pabellones con la creencia de que los íbamos a llevar por mal camino. A partir de los juicios y los reconocimientos, sí. Nos “peleábamos” en Arana porque los dos estábamos convencidos de que allí había cuerpos de personas que no se las llevaban, que había gente que tendría que estar ahí, entonces nos peleábamos por si estaban acá o estaban allá.

En relación a lo que implica el 24 de marzo: ¿cuál es la importancia de la memoria? 

El 24 de marzo es una fecha muy especial para todos los que tenemos afectos detenidos; desaparecidos; compañeros muertos; pérdidas. Para nosotros es una fecha especial en términos de que hay una confusión en cuanto a creer que es algo que ya pasó. No lo es. Es algo que pasó, no que ya pasó. Y eso no quita que pueda volver a pasar. Entonces no es que no va a volver a pasar, pero ¿cuál es la garantía de que estas cosas sean diferentes? Tener un pueblo consciente. Si tenés un pueblo consciente, por lo menos se te va a ser más difícil.

Las cosas pueden volver a pasar, y para que no pasen, vos podés tener un conjunto de herramientas, pero ninguna con tanto peso como un pueblo concientizado. Para poder concientizar a un pueblo, primero este tiene que tener memoria, saber la historia del país, y recién ahí tendrá la capacidad de tomar conciencia de haber participado en un ejercicio de memoria.

¿Qué significa para vos en particular esta fecha?

El significado que tiene el 24 de marzo para mí es que es un día de reflexión en el cual pasan muchas cosas, por suerte, en los días anteriores y posteriores, que tienen que ver con rescatar la historia, recordarla, hablar de ella, y a partir de conocerla, tratar de concientizar a la gente de que existe la posibilidad de oponerse a esas cosas. Que el de al lado tiene un valor, que tiene que importar lo que le pasa.

El 24 de marzo para mi significa la posibilidad de tomar conciencia de que lo que le pasa al otro en una circunstancia. Hoy la pasa al otro, mañana te pasa a vos. Es como ese texto de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó. Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó. Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”.

Esa es la síntesis: si a vos no te preocupa el otro y te da igual, tenés un problema porque mañana sos vos. El 24 de marzo para mi entonces significa eso: la memoria al servicio de la consciencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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