Por Milton Rivera

Un tipo de más de 70 años mueve el esqueleto y corre para allá y para acá sobre un escenario. Suena un hip hop de esos modernos que lo hacen mover los hombros, improvisar unos pasos en la pasarela larga y angosta que se abre paso en donde dentro de unas horas 50.000 personas van a estar saltando enloquecidas por el viejito. 74 años para precisar, y alrededor de 360 millones de dólares en el bolsillo. Y el pelo siempre igual –un poco más pajoso, a veces más dorado- se le escapa por debajo de la gorra. La escena es del año pasado: los Rolling Stones tocan en Croke Park cerrando su gira número 45 y Mick Jagger entra en calor como si fuera 1963. Como si la adrenalina fuera la de la primera vez, el hambre fuera el de esos años y las ganas de dar el mejor espectáculo de todos siga intacta. El 20 de abril llega la número 46 y vamos a poder ver repetirse ese ritual otra vez. La mejor banda en vivo de la historia no se cansa y nos regala otro motivo para creer que no todo está perdido en el nuevo panorama idealizador del indie y el trap. Empieza el No filter tour por Estados Unidos.

Anda circulando una foto a modo de reto: te ofrecen 9 pastillas, cada una con un beneficio específico, y sólo podes elegir dos. Son esos desafíos virales que están de moda. Unos cuantos acomplejados con su altura eligen ser 5cm más alto; algún meloso encontrar a su media naranja; otro bastante superficial quiere ser famoso, o tener un millón de seguidores en redes. Para mí es muy fácil: viajar en el tiempo. 17 de octubre 1973, Forest National Arena, Bruselas. Los Stones nivel dios. Mick Taylor en su apogeo, Jagger endemoniado y Richards tocando la guitarra rítmica más fina desde siempre. Cinco londinenses atrevidos desafiaron al gobierno francés que había prohibido una presentación en suelo galo por asuntos relacionados a las drogas durante la grabación de Exile en 1971. Lo hicieron en Bélgica y se podía ver como cantidades de personas cruzaban la frontera a pie sin más equipaje que una lengua estampada en la remera.

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Estos shows, como el del ’69 en Hyde Park dos días después de la muerte de Brian jones, o la gira norteamericana del ’72, dieron vida a la leyenda. Fueron recitales épicos. Combinaban el nivel musical con una sensación de peligro que se metía en el escenario cuando ellos salían y que invadía a la multitud. Era Jagger mimetizado con el público, que le pertenecía. Eran los disturbios, y las arengas. La imagen de antihéroes que contrastaba con la de los Beatles. Era la insatisfacción a la que supo ponerle melodía Keef. “La insatisfacción con la generación que gobierna el mundo”, y con la que la juventud de los ’70 se vio personificada. El bajo perfil en vivo y las pocos shows que ofrecían los músicos en auge de esa época, pusieron a los Rolling Stones en un lugar de protagonismo hasta a veces dañino. El peligro podía mutar de sensación a violencia explícita, como en Altamont 1969: un tipo apuñalado hasta la muerte en medio de Under my thumb.

Pero los que abrirán la gira en Miami son otros. Es perjudicial imaginarlos como se los ve en el documental pirata Cocksucker Blues, de los años frenéticos: reventados y enérgicos, contestatarios, al límite, festivos y descontrolados: jóvenes. Ahora, sin Taylor, sin Bill Wyman, Con Ron Wood, con cincuenta años más, rescatados y con familias, con proyectos, con ideas diferentes: viejos. El espíritu Stone no se marchita, no envejece ni se esfuma con el soplido de unos cuantos años. Sino recordemos el recital gratis en suelo cubano, una cuenta pendiente: 50 años esperándolos, reza una bandera que flamea en la fila que se forma para entrar al predio. En un lugar donde la educación, la salud y tantas otras cosas son gratis, la asistencia al show no podía ser de otra manera. Un millón de personas se mezclaron en un picnic multicultural propio de la variedad antillana que camina la isla todos los días. Los Stones se dieron cita con la historia derribando un muro absurdo con los cimientos ya endebles, y le agregaron un condimento musical y cultural a la posibilidad de reestructuración y nueva interpretación de la sociedad cubana. Es que al final, de eso se trata el rock & roll.

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Si todavía son noticia no sólo es por lo que representa como ícono la lengua afuera, también por un panorama en decadencia de los grupos de estadios. Antes aprovecharon la poca participación en directo que tenían Dylan y los Beatles y se pusieron el mundo sobre los instrumentos; hoy el escenario mundial tampoco está colmado de rockeros y ellos son un paréntesis eterno en un ambiente de lluvias raperas, snob, pop cósmicas (o rockeras de bajo vuelo). ¿Quién puede negar que el mundo está contaminado por ellos? García Márquez decía que la nostalgia siempre empezaba por la música: sólo sentimos pasar nuestro pasado personal cuando se termina un disco. Esperemos que este, el que reproduce su vida como grupo musical, no se acabe nunca. Están acá para recordarnos: es sólo rock and roll, pero… ¡Carajo que nos gusta!

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