La prisión preventiva, ¿una discordia insuperable?

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Por Ezequiel Kostenwein |

Es probable que exista cierto acuerdo en que la prisión preventiva (PP) es un problema, sin embargo, lo que es difícil afirmar es que sea el mismo problema para quienes acuerdan en que es un problema. O dicho más llanamente, la PP es muchos problemas con la particularidad de que las diferentes posiciones en torno a ella se esfuerzan por mostrarlo como un único problema.

Si hacemos un rápido –y muy esquemático- repaso, podemos decir que para los dogmáticos la PP es una afrenta a las garantías constitucionales, para las ONGs es un instituto procesal que provoca hacinamiento en las prisiones y para las ciencias sociales un reflejo accesorio de factores más relevantes (lo que sucede con la PP hacia el interior de dicha justicia sería reflejo, en última instancia, de factores que van más allá de esta última: desigualdades sociales persistentes, función de la cárcel como reservorio de las clases peligrosas, represión discrecional de los delitos, entre otros). Así formulada, la PP se presenta como una discordia insuperable.

Por si fuera necesario, digamos que esta medida cautelar debería usarse sólo en los casos en que exista peligro de fuga o entorpecimiento en la investigación por parte de la persona a la que se le ha imputado un delito. No obstante, la PP constituye, en términos globales, más de la mitad del número de recluidos en nuestro país, tomando en cuenta cárceles y comisarías.

Ahora bien, lo que sí se ha vuelto una novedad reciente es que se la ha aplicado a sectores que tradicionalmente la evitaban –como por ejemplo empresarios y políticos-, generando esto una nueva controversia acerca de su utilización (aunque en términos porcentuales, la PP sigue siendo fundamentalmente clasista; la situación actual parece mostrar un cambio de tipo simbólico más que material al respecto)

Tomando en cuenta lo anterior, procuraremos señalar una serie de ejes exploratorios a partir de los cuales pensar a la PP desde la sociología de la justicia penal eludiendo, por un lado, el escepticismo de quienes creen que este instituto sólo puede explicarse teniendo en cuenta procesos históricos y sociales que exceden el ámbito de la justicia penal, y por otro, la ingenuidad de quienes creen que este instituto sólo puede explicarse teniendo en cuenta procesos interiores al ámbito de la justicia penal.

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La reciente excarcelación del ex vicepresidente Amado Boudou, y previamente su orden de detención meses atrás, reactivaron discusiones en torno al uso de la prisión preventiva. Imagen: Agencia Telam.

Con la selectividad no es suficiente

Comencemos por hacernos algunas preguntas, ¿qué estamos en condiciones de sugerir acerca de las formas en que los actores judiciales argumentan sobre la PP en la práctica? ¿Realizan operaciones críticas al respecto? ¿Qué sentido de justicia ponen en acción? En definitiva, ¿podemos llegar a comprender las justificaciones de los actores judiciales sobre la PP señalando las exigencias que han debido tener presentes en la situación en que tuvieron que posicionarse al respecto?

Para responder estas preguntas es necesario mencionar un elemento por lo general soslayado en los documentos e investigaciones sobre la PP, y que resulta importante para entender las justificaciones que utilizan los actores judiciales. Se trata del hecho de que esta medida cautelar gira en torno a la investigación de un delito, es decir, de una acción que se aparta del orden aceptado normalmente como legítimo, que sale de un régimen de justicia y se ubica dentro de un régimen de violencia. Alguien que está imputado por la comisión de un delito es alguien acusado de llevar adelante una disputa por fuera de las equivalencias admitidas como justas en un orden reconocido como legítimo.

Podemos mencionar a Matza (1) cuando caracterizaba al crimen consensual como aquel comportamiento evidentemente incorrecto y dañino cuya represión no ameritaba mayores objeciones en la sociedad, para comprender que también en el ámbito judicial los delitos son percibidos como el incumplimiento de ciertas normas, incumplimiento que debe tener sus consecuencias. Un ejemplo de esto surge del siguiente testimonio:

El castigo para mí es importante, como retribución. Y como disuasión. Hay que hacer hincapié en las oportunidades que tuvo [el imputado], y que lo que hizo está mal, y que eso tiene consecuencias. Si estás a prueba, debés entender que estás a prueba, y no tiene que ver con la clase social sino con el respeto a las normas (Fiscal de Instrucción).

Tal como lo sugiere esta Fiscal, la PP viene a restablecer cautelarmente un equilibrio que fue alterado por la comisión de un delito, por la generación de un daño concreto visto como inaceptable.

No es nuestra intención polemizar aquí sobre el tipo de criminalidad que se investiga en general, ni advertir sobre la selectividad en la persecución de la misma. Esto último tampoco significa que alberguemos una mirada ingenua respecto de las desigualdades en las que tiene lugar el control de determinado tipo de delitos por parte del Estado, desigualdades que ese mismo control contribuye generalmente a profundizar y reproducir (2).

Sin embargo, lo que nos parece necesario subrayar es que las denuncias sobre esta selectividad y estas desigualdades son procedentes pero no suficientes para comprender la utilización de la PP dentro de la justicia penal. En este sentido, es importante señalar que a partir de la Investigación Penal Preparatoria estos actores buscan, cada uno según su función, introducir al delito dentro de un régimen de justicia activando equivalencias que la infracción ha quebrantado.

Esta vuelta al régimen de justicia es necesaria puesto que para investigar un delito y eventualmente utilizar la PP, dichos actores deben justificar sus planteos desde un orden aceptado como legítimo.

En definitiva, la solicitud de PP que realiza un Fiscal durante la investigación de un delito contra la propiedad, por ejemplo, no puede sustentarse únicamente en fórmulas preestablecidas o redundantes. Lo mismo pasa con la concesión o denegación que lleve adelante un Juzgado de Garantías, o la objeción efectuada por la Defensa. Es decir, existe por parte de los actores judiciales la necesidad de brindar justificaciones en cada situación, y estas justificaciones –pese a que pueden tener una serie de referencias comunes y estandarizadas– no son meras habladurías.

Con esto queremos apuntar que la exigencia de argumentos pone condiciones y límites para el uso de la PP. Y si bien estas condiciones y estos límites no siempre son rigurosos, sí contribuyen a regular el ejercicio de otra violencia que es –además de la del delito- la de encarcelar a una persona jurídicamente inocente.

De las posiciones y las ideologías

Junto con lo que acabamos de mencionar sobre la importancia del delito en la utilización de la PP, debemos rescatar algo que tiene que ver con la relevancia de la división judicial del trabajo.

En la mayoría de los casos, los operadores jurídicos muestran diferentes competencias que se vinculan con la tarea específica que cumplen durante la Investigación Penal Preparatoria a partir de una situación concreta. Esto contribuye a expresar diferentes sentidos de justicia así como múltiples justificaciones y operaciones críticas, todas cuestiones que pueden variar en función de si controlan la legalidad de las actividades que se llevan a cabo para investigar un delito –Juzgado de Garantía-, si dirigen dicha investigación –Fiscalía- o si salvaguardan al imputado –Defensoría-.

Si bien lo que acabamos de expresar puede parecer evidente, resulta un avance respecto de ciertos abordajes y estudios que se han hecho sobre la PP, en los cuales se plantea el problema sin diferenciar con claridad esta cuestión aparentemente obvia.

Un ejemplo de dichos abordajes es la perspectiva ya mencionada que trabaja al encierro preventivo desde las ciencias sociales. En términos generales, para esta perspectiva es posible, y en algunos casos suficiente, afirmar que la PP se trata de la reclusión de personas jurídicamente inocentes, definiendo por adelantado y en lugar de los actores judiciales cómo se produce y para qué sirve. En otras palabras, deciden investigar a la PP como si fuera un todo homogéneo dejando de lado que, para comprender su uso, hay que abordarla como una práctica, como un acuerdo activo, pero no como un fenómeno de significado único.

Por consiguiente, para nuestro análisis sobre este problema es crucial no definirla anticipadamente, ya que el destino de la PP está en manos de quienes pueden decidir utilizarla o no utilizarla y quienes pueden impedir o favorecer que se utilice. En síntesis, que las cualidades de la PP son una consecuencia, y no la causa, de lo que hacen los actores judiciales con ella (4).

Según las expresiones que recogimos de los actores judiciales, buena parte de ellos vinculan el sentido de justicia que utilizan para la puesta en marcha de la PP -como las críticas a las que invocan- con la función que desempeñan en la Investigación Penal Preparatoria. Al no ser vista del mismo modo por Juzgados de Garantías, Fiscalías y Defensorías, la PP tampoco genera los mismos requerimientos ni articula las mismas relaciones.

De lo anterior se infiere un enfoque “institucionalista” de la PP, en el sentido de que las presiones que surgen en las diferentes situaciones se apoyan fundamentalmente en el papel que la administración de la justicia penal les asigna que cumplan. Así lo plantea este actor judicial:

Aun con la mejor de las intenciones, lo que se pregunta del lado de la fiscalía y lo que se pregunta del lado de la defensa es absolutamente distinto. Parten de premisas absolutamente distintas. El problema del juez es que debería ser equidistante de ambas posiciones, y ya ahí entra a jugar la ideología que tiene el juez, su visión del proceso penal. Y a mí me parece que en esto tiene mucha influencia cuál ha sido la trayectoria judicial de ese juez. En general, el 90% de los jueces provienen del lado de la fiscalía. Fijate qué diferente ve el proceso el juez que vino de la profesión, o de la defensa. A mí me parece que vos no podés ser juez si no estuviste en los dos lados, pero sé que es difícil en la práctica. Es muy difícil sacarle una absolución al juez, porque cree que solo se hace justicia si hay una condena. (Defensor Oficial).

Tomando las palabras de este Defensor, la tarea encomendada a los actores judiciales organiza los parámetros que ellos mismos utilizan para evaluar la medida cautelar. Dicho esto, nuestro planteo propone que lo más importante no son los roles sino los regímenes de acción que los actores judiciales despliegan a partir de las situaciones por las que atraviesan.

Sus competencias consisten en referirse a principios generales de justicia y adaptar su comportamiento a esos principios, pero esos principios no son roles incorporados, sino formas de acuerdos entre las personas. En particular, una persona debe cambiar de programa de acción según las situaciones en las que se encuentra (5).

En definitiva, el lugar que ocupan los actores judiciales no deja de ser un elemento significativo para analizar los regímenes de acción que ponen en marcha, aunque es relevante a partir de las diferentes situaciones por las que atraviesan, no por la interiorización de sus posiciones.

Junto a esta perspectiva “institucionalista”, existen otros actores que mencionan en sus testimonios que la actitud frente a la PP no tiene que ver con la división judicial del trabajo, o al menos no prioritariamente, sino con convicciones previas a los cargos que invisten. Acá la diferencia no sería entre Juzgados de Garantías, Fiscalías y Defensorías, sino entre posturas críticas, moderadas y conservadoras frente a la aplicación de la PP en particular, y frente a la selectividad del control del delito en general.

Por ello, es un enfoque más “ideológico” que “institucional” puesto que las percepciones se configuran incluso al margen de la función o el cargo que se detente, sea antes o después de ingresar a la justicia penal. Este testimonio resulta revelador al respecto:

Para mí [lo que piensan] lo traen, en mi experiencia creo que es así. Los que yo conozco que han cambiado de función que eran compañeros míos, y que ahora son Jueces de Garantías, no cambiaron. Pensaban de una manera en la Defensa y ahora piensan igual. En todo caso lo que hace la rutina del Poder Judicial es acentuar lo que uno ya traía. Y en La Plata, los que son Jueces de Garantías eran antes Jueces Correccionales, por lo que tendrán que pasar años para que vengan nuevos (Jueza de Garantías).

Lo que cobra protagonismo aquí es la cosmovisión del actor judicial sobre el papel de la justicia penal y de los factores que intervienen en el fenómeno del delito. Desde luego que esta diferenciación “ideológica” es más difusa que la mencionada de la división judicial del trabajo, porque carece de una identificación –y apoyo- proveniente de la organización judicial. Además, es producto de categorías que surgen de aquello que los actores judiciales expresan a la hora de referirse a sus colegas en general, o para aludir a un colega en particular, pero no para presentarse a sí mismos.

En concreto, ningún actor judicial en las entrevistas se identifica a sí mismo con el rótulo de conservador, moderado o crítico (5). Lo que sí suele suceder es que alguno de estos actores considere estar siendo definido de una u otra forma por sus colegas. Tal es el siguiente caso:

[…] cuando voy a algunos juzgados me dicen: ¡vos sos la gorila! Yo creo que a veces aplicar la ley es duro e implica posicionarse. Hay otros grupos más laxos.

ENTREVISTADOR: Si vos sos gorila, ellos ¿cómo se consideran?

Ah, el famoso garantista. Y yo no estoy de acuerdo con esos rótulos, para nada […]. El fiscal debe buscar objetivamente la verdad, o lo más cercano a la verdad. Yo muchas veces, si no hay pruebas suficientes pido la libertad. Entonces lo que me da bronca es que te digan esto o aquello y no se fijen cómo actúas (Fiscal de Instrucción).

Considerando las críticas que recibe por su comportamiento, podemos sugerir dos cuestiones sobre las justificaciones que ofrece esta Fiscal. En primer lugar, que se apoya en la objetividad o neutralidad frente a los hechos y frente a la aplicación del derecho. Segundo, que sus justificaciones pueden interpretarse como un medio de defensa o adaptación a los problemas manifiestos o encubiertos que le ha creado el rótulo que le aplicaron.

esposados

Niveles para acercarse a la discordia

En consecuencia, podemos decir que a partir de las situaciones y los casos concretos, las formas de argumentación y justificación sobre la PP durante la Investigación Penal Preparatoria pueden tener, entre otros, dos niveles de análisis.

El primer nivel es el que surge cuando se analiza la PP a partir del lugar que ocupan los operadores jurídicos en la división judicial del trabajo. Según los testimonios, las exigencias propias de la función aparecen fuertemente marcadas en el modo en que los actores justifican o critican el uso de la PP. Así las cosas, existirá mayor condicionamiento para que los Fiscales la soliciten, los Defensores la objeten, y los Juzgados de Garantías la concedan.

Sin embargo, y este es el segundo nivel, también aparece como relevante la ideología que tengan –y conserven– estos actores judiciales, incluso antes de trabajar en la justicia penal. Esta ideología sirve para diferenciar tanto el papel que le otorgan al encarcelamiento preventivo como el modo en el que los actores justifican las decisiones que toman teniendo en cuenta las críticas de sus colegas. Y es para destacar que la división judicial del trabajo con la ideología pueden asumir diferentes entrecruzamientos dependiendo de las situaciones.

En definitiva, logramos advertir que las variables que pueden tener en cuenta los actores judiciales a la hora de realizar sus justificaciones pueden provenir, al menos, de dos cuestiones distintas: la de la función que se desempeñe y la de la ideología que se detente. Estas dos cuestiones están en condiciones de repercutir, insistimos, a partir de la situación en la que se encuentren los operadores jurídicos y no como parte de un sistema inscripto de estructuras mentales estructuradas y estructurantes.

(1) Matza, D. (2014). Delincuencia y deriva, Siglo XXI, Bs. As., p. 230

(2) Las relaciones entre desigualdad y delito deben ser analizadas desde diferentes perspectivas, tales como la pérdida de bienestar que genera en las personas las altas tasas de ilícitos, las relaciones que existen entre las probabilidades de las personas de ser víctimas de determinados delitos y su pertenencia a determinados sectores sociales, y la correlación general entre desigualdad y delito.

(3) LATOUR, B., “Ciencia en acción”, Ed. Labor, Barcelona, 1992.

(4) Eymard-Duvernay, Economía, p. 59.

(5) Hemos notado en algunos actores judiciales que podríamos considerar críticos la intención de dejar en claro que son conscientes de la selectividad en la persecución del delito, y la relación de esta última con desigualdades estructurales más amplias. Incluso esta intención puede tener que ver con el afán de diferenciarse de otros actores judiciales menos “conscientes”. Sin embargo, y esto es lo que resulta importante, en ninguna circunstancia eligieron rotularse ellos mismos como “críticos”.

* El autor es abogado (UNLP), magister en Criminología (UNL) y Doctor en Cs. Sociales (UNLP). Actualmente se desempeña como investigador asistente del Conicet y docente de Sociología Jurídica en la UNLP. También dicta clases en la maestría de Criminología de la UNL y coordina el Área de Sociología de la Administración de la Justicia Penal (Instituto de Cultura Jurídica – UNLP). 

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