Por Tomás Allan

 

-Es una política pública. Es así, a usted le puede gustar o no.

El clima comenzaba a tensarse. Apenas algunos días atrás, el juez federal Velázquez había procesado y embargado en la suma de $400.000 al policía Luis Chocobar, quien el 8 de diciembre del año anterior, tras presenciar un asalto, asesinó por la espalda al joven asaltante Juan Pablo Kukoc. Esto agitó el debate público y precipitó una serie de declaraciones por parte de funcionarios del Gobierno. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, decidió salir a defender públicamente el accionar del policía.

-No. No me gusta. Algunas señales de esas políticas públicas no me gustan. No es que estoy en desacuerdo– responde el periodista Ernesto Tenembaum.

-Vamos a ver qué resultados da en la seguridad de todos los argentinos.

-Ojalá tenga razón usted. Lo que yo quiero decir es que…

Bullrich interrumpe con vehemencia, veloz, como quien no quiere dejar pasar un segundo más sin sentar con contundencia su posición.

-Voy a tener razón porque es lo que pasa en todas partes del mundo.

El cruce entre la ministra de Seguridad y el reconocido periodista se dio durante los primeros días de febrero de este año, en el programa radial Y ahora quién podrá ayudarnos. Dos meses atrás, Tenembaum había dedicado una nota en Infobae a criticar a la ministra por el accionar de las fuerzas de seguridad en ocasión de las protestas por la reforma jubilatoria frente al Congreso.

Detengámonos un momento en las declaraciones de Patricia Bullrich. Hay una característica llamativa en ellas, que se advierte también en los dichos de otros funcionarios de Cambiemos: la apelación a lo normal como recurso justificativo de sus decisiones. Este ejercicio, bastante frecuente por cierto, se observa tanto en el plano del discurso económico (“comparados con la región y con el mundo, hoy la Argentina está totalmente desalineada con su estructura impositiva”); como en el plano del discurso político (“las huelgas generales prácticamente no existen en ningún lugar del mundo”); y en el plano del discurso penal (“en cualquier país civilizado el Estado lo primero que hace es darle la presunción de inocencia a su policía”), por nombrar algunos. (1)

A su vez, esta actitud del Gobierno se presenta tanto a la hora de defenderse de críticas que lo señalan como demasiado liberal (“ningún país del mundo le cobra impuestos a los que exportan”), como de aquellas que lo cuestionan por insuficientemente liberal (“ningún país del mundo lo baja de golpe” –sobre el déficit fiscal). (2)

Algunas décadas atrás, el sociólogo Luc Boltanski, al estudiar cómo las personas ejercían críticas y justificaciones en situaciones en que se mantenían controversias, detectó los elementos que ayudaban a que una denuncia pública lograra mayor apoyo e interés (desplazar la cuestión de lo personal a lo general; evitar mostrar proximidad entre denunciante y denunciado; entre otros). Pero a su vez advirtió una precondición esencial para que aquellos elementos pudieran tener efecto en esa lucha por la credibilidad: la queja debía parecer normal. De lo contrario, sería rápidamente descartada por el público.

Boltanski nos sirve para entender la importancia que adquiere la condición de normalidad en una denuncia, que podríamos asimilar aquí a una decisión política. Pero sucede que el discurso de Cambiemos presenta dos notas características que lo diferencian de los tipos de justificaciones que el francés observó en sus estudios: en primer lugar, que la presencia del elemento de la normalidad en el discurso no es implícita, sino que se hace explícita; y en segundo lugar, que muchas veces se vuelve no ya una precondición para efectuar justificaciones que validen una postura, una queja o una decisión (por estar presentes otros elementos) sino el argumento central -y en algunos casos exclusivo- para validar esa postura, queja o decisión. Esa conversión de la precondición en argumento central explota al máximo este elemento tan codiciado en la convulsionada Argentina de nuestros días. Justificar es para Cambiemos, en muchos casos, insistir con que su propuesta es “la normal”, aquella palabra infaltable en la argumentación cambiemista, aunque intercambiable con otros adjetivos como “serio” o “civilizado”, que en modo alguno resulta casual.

peña G20

 

Un país de mierda

Ahora bien, no es que otras fuerzas políticas no tomen el ideal regulativo de un país normal (de hecho pareciera que el contenido de esa declamada normalidad aparece con frecuencia como objeto de disputa). Lo llamativo es la centralidad que aquel adquiere en el discurso cambiemista y la forma en que sus destinatarios lo receptan y reproducen. O quizás a la inversa: la forma en que Cambiemos se apropia de discursos que ya se presentaban de forma dispersa en distintos sectores de la sociedad y logra articularlos en una narrativa común.

Pero para entender esta recepción por parte de algunos sectores del electorado de Cambiemos debemos analizar un factor que va de la mano con ese ejercicio: la extendida percepción de que somos un país de extrema singularidad. Y no cualquiera sino particularmente una singularidad de mierda. “A ningún país del mundo te dejan entrar como acá” decía un votante de Cambiemos entrevistado por el equipo del Centro de Estudios Metropolitanos mientras denunciaba la facilidad con que los inmigrantes entraban a nuestro país. “Somos el hazmerreír de todo el mundo”, sintetizó. (3)

¿Somos un país de mierda? No importa tanto lo que somos sino lo que creemos que somos. Daniel Schteingart demostró, en una nota un título bastante sugestivo (“No somos un país de mierda”), que si bien lejos del ansiado desarrollo australiano nuestro país cuenta con los mejores indicadores socioeconómicos de América Latina (junto con Chile y Uruguay) y se encuentra de la mitad para arriba en el ranking mundial, a pesar de que sus habitantes creen estar entre los más pobres y miserables del planeta. Vayamos más allá del ámbito económico. En el tópico “derechos e institucionalidad” también es sumamente discutible que seamos el hazmerreír del mundo: digamos que Argentina es la de la crisis del 2001 pero es también la de la Ley de Identidad de Género y la paridad en las listas electorales; es la de bolsos con millones de dólares volando por las paredes de un convento pero es también la del divorcio vincular, el matrimonio igualitario y el Juicio a las Juntas. Los problemas, por supuesto, abundan. Lo que sí parece más discutible es que estos problemas justifiquen esa obsesión por la normalidad, que por cierto se reeditó luego del superclásico frustrado por los incidentes en las calles aledañas al estadio Monumental.

“Gobiernan Argentina como si fuera un país de mierda” decía el documento del grupo Fragata. En parte es eso: trabajar sobre esa percepción de que somos un país de mierda por culpa de una clase política que nos degrada desde hace 70 años, y de la que el cambiemismo pretende situarse por fuera (“la nueva política”), aún cuando muchos de sus principales funcionarios integraron aquellos procesos dentro de esos decadentes 70 años.

De esta manera Cambiemos evoca una cierta normalidad que siempre se encuentra afuera (en el mundo) y de la que hace por lo menos siete décadas que no podemos gozar por culpa del populismo, aunque esta idea suele referir -implícita o explícitamente- al peronismo. Pero Cambiemos sabe que siete décadas es mucho y entonces convierte la anormalidad en regla: luego de “70 años de autoengaños”, la normalidad argentina no es otra que el (des)orden peronista. Este planteo en el que el statu quo deja de estar caracterizado por las desigualdades sociales y económicas estructurales  y pasa a estar constituido por los manejos y desmanejos peronistas, le permite a Cambiemos presentarse como reformista (“reformismo permanente”; “cambio cultural”), no ya respecto del proceso previo de 12 años kirchneristas sino de uno más extenso. O mejor: “la ley y el orden” aparecería como un lema revolucionario en el país de las mafias sindicales, la corrupción y las crisis económicas recurrentes.

Entonces, para Cambiemos la cultura política que se forjó en estos últimos 70 años construyó una normalidad argentina a contramano de la normalidad del mundo. De ahí que juegue como principal carta ante los organismos internacionales el haber salido del populismo y haber vuelto a ser un país normal con intenciones de insertarse nuevamente en ese orden global tan aspirado como confuso. En estos términos, el Gobierno es conservador de visitante y reformista de local. Además, que sea el mundo el lugar donde se encuentra esa ansiada normalidad, lo lleva a este a aparecer a veces como destino deseable (“queremos volver a ser parte del mundo”) y otras como sujeto legitimado para avalar o rechazar el rumbo político y económico del país (“el mundo decidió que la velocidad con la que reducimos el déficit fiscal no es suficiente”). O sea, como autoridad. Autoridad cuyo intérprete es, obviamente, el gobierno. (4)

Así, Cambiemos se arroga ser la fuerza política que devuelve a Argentina al curso normal de las cosas, y deposita afuera -en hechos o actores externos que están por fuera de su radio de control- la responsabilidad por cualquier alteración de ese curso, como fueron las crisis cambiarias de mayo y septiembre (“el mundo se nos vino encima”; “esta tormenta que estamos pasando”).

Pero esta idea de los “70 años de” donde Menem es igual a Alfonsín y Alfonsín es igual a Videla y al fin y al cabo todos son iguales a todos se edifica sobre una homogeneización burda. Cambiemos borra la heterogeneidad de ese recorte histórico de la política local como borra también la diversidad que se presenta en un mundo que, si bien claramente edificado sobre la democracia capitalista, se encuentra lejos de aquella declamada uniformidad. Sucede que en la diversidad es más difícil hallarse exótico, y sin ese sentimiento el discurso normalizador pierde fuerza. Entonces, en ese proceso el Gobierno desarrolla la construcción imaginaria de un mundo que de tan homogéneo parece hasta aburrido: ¿Todos los países hacen lo mismo?

macri trump

 

¿Quién quiere moralidad cuando podemos tener normalidad?

Si bien, como dijo Pablo Stefanoni, todos los gobiernos de 1983 para acá prometieron normalidad, la coalición actual de gobierno se distingue -como ya anticipamos- por traducir esa aspiración genérica en microejercicios de justificación de muchas de sus decisiones relevantes, conjugándolo con un recorte histórico cuanto menos curioso (70 años tomados cual masa uniforme con cuentas un tanto extrañas), lo que resulta en una fórmula que pareciera calar hondo en parte de su electorado (5). Del “queremos volver a ser un país normal” de Macri al “voy a tener razón porque es lo que pasa en todas partes del mundo” de Bullrich. Dijo también Stefanoni: “Cambiemos evoca una normalidad que no sabemos bien de que se trata”. Y es que la idea cambiemista de normalidad se asienta sobre contornos esencialmente difusos pero que sus voceros se encargan de determinar ad hoc: ¿Qué es lo normal sino aquello que el gobierno diga que es al momento de justificar una decisión?

Por otro lado, cuando Cambiemos justifica una medida apoyándose en que “es lo que hacen todos los países del mundo”, sobre todo si ese se vuelve el argumento exclusivo, evade otro tipo de discusiones (morales, políticas, incluso jurídicas), por no decir que se sostiene sobre razonamientos falaces (generalizaciones apresuradas, falacias de mayoría, símil citas de autoridad). Ni todos los países hacen lo mismo, ni lo que haga una mayoría de ellos o los más “civilizados” es correcto per se. ¿Consagramos las garantías del debido proceso porque es lo que hacen todos los países del mundo o por convicciones morales profundas? Si el mundo mañana es Bolsonaro y su autoritarismo, ¿vamos a seguir queriendo ser como el mundo? Quién quiere moralidad cuando podemos tener normalidad.

Digamos que Cambiemos sabe que apelando a la normalidad se exime de elaborar otro tipo de justificaciones más engorrosas y controversiales. Sabe, también, que la normalidad se justifica por sí sola en una sociedad con el ego dañado, cansada de ser la oveja negra de la película. De ahí que construya el sentido de esa normalidad a la medida de sus necesidades, conjugándolo con el incesante ejercicio de profundizar el complejo de inferioridad argentino. ¿O acaso alguien no quiere ser normal por un rato en la convulsionada Argentina peronista?

 

 

(1) Véase las declaraciones de Patricia Bullrich sobre la presunción de inocencia acá y sobre las huelgas generales acá, y de Nicolás Dujovne sobre la estructura impositiva aquí.

(2) Se pueden ver las declaraciones de Mauricio Macri sobre las retenciones en este sitio y de Prat Gay sobre el déficit fiscal acá. También pueden verse estas de Nicolás Dujovne sobre el impuesto a la renta financiera y estas otras de Marcos Peña, también sobre las retenciones.

(3) Nicolás Tereschuk, “Una aproximación a representaciones sociales del electorado macrista”, en Arte Político, agosto de 2018.

(4) Comentarios de Mauricio Macri en la reunión de la Clinton Global Initiative y en la conferencia de prensa brindada el 17 de mayo de 2018, respectivamente.

(5) Comentario realizado en el ciclo de charlas Préambulos, organizado por la Revista Panamá y la Universidad Nacional de La Plata.

 

*El autor es estudiante de Derecho (UNLP). Escribió artículos de opinión en La Tinta, Revista Bordes y La Vanguardia Digital. 

 

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