Sol Minoldo: “La discusión sobre el lenguaje inclusivo no es lingüística, es política”

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Por Tomás Allan y Pilar Allan

Sol Minoldo es socióloga, investigadora del Conicet y editora de El Gato y La Caja. Hace unos meses, ella y su compañero Juan Cruz decidieron ponerle números a las discusiones que se vienen dando sobre el lenguaje inclusivo, a partir de algunas preguntas disparadoras: ¿La forma en que hablamos condiciona la forma en que pensamos? ¿Puede entonces el lenguaje contribuir a las desigualdades sociales y de género que se presentan en la actualidad? Y por último: ¿Puede ser el lenguaje una herramienta transformadora?

Luego de un tiempo investigando y buscando trabajos empíricos sobre el tema, Sol y Juan Cruz intentaron acercar los resultados de su investigación plasmándolos en un artículo para El Gato y La Caja. Cuando hablamos sobre el rol de la Real Academia Española, a la que usualmente se evoca en las discusiones, Sol nos aclara: la discusión sobre el lenguaje inclusivo no es lingüística, es ante todo política.

Sol, reivindicar el uso del lenguaje inclusivo implica asumir que en la actualidad el lenguaje es o al menos puede ser excluyente. ¿En dónde se verifica esto? ¿En qué expresiones?

Bueno, en realidad lo primero que podemos decir es que el lenguaje es sexista, no solamente no inclusivo. Este carácter sexista se ve en la carga peyorativa que tienen algunas palabras cuando se refieren a la versión femenina de esa palabra. O la forma misma en que se ha definido a la mujer (como sexo débil, digamos). Pero también está lo que se llama el falso genérico, que tiene que ver con que cuando nos referimos a todes, es decir cuando no especificamos, utilizamos la forma genérica masculina casi siempre, y eso tiene una importancia porque el género gramatical en la lengua castellana está asociado a imágenes sexuadas en las personas. Incluso cuando nos referimos a ideas abstractas o a objetos, y por tanto mucho más cuando nos referimos a seres humanos. Entonces, frente al problema del falso genérico, una solución es crear un genérico neutro, una forma gramatical que no sea genérico-específica. Pero también otra propuesta es la de mencionar ambos géneros. Y acá aparece el problema de la inclusión: cuando nosotres mencionamos mujeres y varones nos estamos manteniendo en un esquema en el que hay dos géneros principales, y estamos clasificando a todas las personas dentro de ese esquema binario. Esto es problemático desde el punto de vista de la existencia de identidades diversas que no necesariamente se apegan a ese esquema.

Tamara Tenenbaum alguna vez twitteó que cuando decimos que X persona “es la mejor escritora del siglo veinte” parece que estamos comparándola solo con mujeres…

Si vamos a las reglas de la gramática, si yo digo “es la mejor escritora” me estoy refiriendo entre mujeres. No me estoy refiriendo al conjunto de varones y mujeres. Entonces eso es lo que podemos interpretar desde lo que son las reglas gramaticales nuestras. Lo correcto sería decir “el mejor escritor”. Ese tipo situaciones comunicacionales son sumamente disruptivas, porque no tenemos casi como mencionar que una mujer u otro tipo de identidad es la mejor entre el conjunto. Y por ejemplo si yo digo “el mejor escritor es” vamos a pensar que estoy refiriéndome a un escritor varón, no a una escritora. Me pasó una vez en Twitter, que una persona me arrobó y dijo “no sabía que eras uno de los autores” (refiriéndose a una nota que había escrito). Entonces yo pensé que le estaba queriendo escribir a Juan Cruz (coautor de la nota), que se había equivocado y me había arrobado a mí por error. Después de un rato largo conversando con Juan Cruz nos preguntamos cómo tendría que haber dicho para referirse efectivamente a mí, y nos dimos cuenta que esa era la forma que teóricamente en el idioma español, tal como está construido, se tenía que dirigir a mí. Pero yo no me había hecho cargo, no me di por aludida, porque era muy difícil que me diera por aludida cuando me dijo que era “uno de los autores”. Parecía tan masculinizada esa forma… El falso genérico, ya desde su misma estructura, es sexista.

Hablar de lenguaje inclusivo también implica asumir que el lenguaje puede tener efectos en las relaciones sociales. ¿Qué evidencia empírica hay al respecto?

Hay evidencia empírica que muestra que el efecto se asocia a la forma en que hablamos, a la forma en que entendemos el mundo y muchas veces a la forma en que actuamos. Por ejemplo, hay un experimento que tiene que ver con que las mujeres se sientan o no aludidas por determinadas propuestas laborales. Es decir, la medida en la que se sienten identificadas con esas ofertas laborales según esos trabajos estén descriptos con más o menos fraseología asociada a lo femenino o a lo masculino. También tiene que ver con quiénes son protagonistas de nuestra historia. Entonces, si siempre la contamos en masculino y tenemos evidencia de que hablar en masculino tiene una sobrerrepresentación de las figuras masculinas, es mas difícil que las mujeres se piensen como protagonistas. Esto nos moldea desde muy pequeñites, desde las primeras instancias de socialización en las cuales estamos formando nuestra identidad y nuestras preferencias incluso. Entonces, si la forma en que hablamos tiene todas esas consecuencias, transformar la forma en que hablamos tiene un potencial político enorme, porque puede ser disruptivo con esa reproducción simbólica, esa violencia simbólica que lleva a que nos socialicemos con esas ideas, que naturalicemos una realidad social incluso a partir de cómo usamos el habla. Pero también desde el momento en que nos hace preguntarnos acerca de esa realidad social, que visibiliza que hay algo en esa realidad social que no es natural, que podría ser de otra manera. Y de pronto aquella persona que no está siendo incluida, o que está siendo puesta en segundo lugar, se puede pensar a sí misma desde otro lugar, puede cuestionar el lugar que el habla y la sociedad toda le ha dado. Entonces, no son cosas diferentes, no es que es más o menos grave la desigualdad fáctica que la simbólica, porque la simbólica se constituye como un dispositivo más de la fáctica.

¿Querés contarnos más sobre alguno de esos trabajos empíricos que indagan sobre los efectos del lenguaje en las relaciones sociales?

Hay uno que me pareció muy interesante, que es una comparación entre un hablante de alemán y un hablante de español. Hay palabras que usan ambas lenguas y que usan el género gramatical incluso para objetos que no son sexuados. Estos investigadores seleccionaron un conjunto de palabras que tuvieran el género gramatical inverso en ambos idiomas. Entonces por ejemplo mencionaban dos de esas palabras: puente y llave. En español, puente es masculina y llave es femenina, y en alemán es a la inversa. El experimento tenía varias etapas. En la primera lo que hacían era detectar las ideas asociadas a lo femenino y a lo masculino por les hablantes. Es decir, detectar los esquemas que les hablantes tenían sobre lo femenino y lo masculino. Posteriormente, les dieron una lista de las características que habían identificado dentro de este primer sondeo, como mas bien asociadas a lo femenino o a lo masculino, y les dieron también una lista con posibles características que se asocien a los diferentes objetos. Y encontraron que les hablantes de español tendían a identificar con características masculinas las palabras con género gramatical masculino, y lo mismo sucedía en el alemán. Por lo tanto, con la palabra “llave”, cuando se les preguntaba a les hablantes de español las características que predominaban era “delicada”, “tesoro”, “brillante”. En el caso de les hablantes alemanes era “fuerte”, “seguro”, que eran características más asociadas a lo masculino y concordantes con el género gramatical de la palabra “llave” en su idioma.

Se han hecho otras lecturas, también reivindicativas del lenguaje inclusivo, pero ubicándolo no tanto como causa de un cambio social sino como consecuencia de él. Entonces, desde esa perspectiva no sería tanto un herramienta para reducir desigualdades sino un reflejo de una sociedad que ya es más igualitaria que antes…

Bueno, una de las preguntas que funcionaron como punto de partida de la investigación fue si realmente la lengua es un reflejo, una consecuencia pasiva de las relaciones sociales y de nuestra manera de ver el mundo, o si tenía algún poder de agencia y por tanto un potencial de transformación. Entonces empezamos a investigar si el lenguaje podía condicionar la forma en que pensamos, y los experimentos que yo menciono en la nota dan cuenta de ese potencial de la lengua, y hay muchísimos más que no entraron en la nota. Todos estos experimentos han ido aportando evidencia no de que el habla sea un determinante en nuestra experiencia pero sí que puede en algún punto ser un condicionante de la forma en que pensamos. También hay un marco teórico, porque está Pierre Bourdieu, que habla de la violencia simbólica como un mecanismo por el cual las relaciones de poder se perpetúan. Y la forma en que hablamos forma parte de esos dispositivos de violencia simbólica. Entonces, la idea de que el lenguaje es un reflejo, y que es un reflejo pasivo, realmente no da cuenta de lo que nosotros hemos encontrado en la teoría. De ser así casi que la política sería irrelevante en lo que tiene que ver con el lenguaje, y la historia no muestra eso. La historia muestra que incluso cuando movimientos políticos no eran mayoría sino que eran minorías que se encontraban peleando por sus derechos, como el caso del movimiento de negros en Estados Unidos, el intervenir sobre el lenguaje era una forma más de dar visibilidad, en la vida cotidiana, del racismo de muchas personas que no se consideraban racistas. Y el hecho de ser disruptivos en el lenguaje tuvo un gran impacto para abrir debates. Lo estamos viendo en el tema de género…

Molesta…

Sí, molesta tanto, es un tema tan controversial y tan incómodo que abre muchísimos debates y permite que muchas personas revisen la forma en que utilizan el lenguaje. Entonces, evidentemente esto es un signo de que tiene un impacto político, y de que la discusión sobre el lenguaje inclusivo no es lingüística, es política. Tiene que ver, en primer lugar, con que queramos cambiar la forma de hablar porque hay una asimetría de género y esa asimetría está mal. Y en segundo lugar, que lo adoptemos como herramienta política. Les hablantes, no una academia, no una institución.

¿Cuál es la función de la Real Academia Española? ¿Cuál es el sentido de traer a dicha institución a los debates cotidianos sobre el lenguaje inclusivo?

Si bien es cierto que Argentina, como muchos otros países, tienen academias que mantienen una relación con la Real Academia Española y la reconocen como autoridad, una cosa es lo que pasa a nivel institucional y otra cosa es lo que pasa con la lengua. La lengua es patrimonio de les hablantes, de sus usos, y la verdadera función de las academias de lenguas es poder reflejar documentalmente, por escrito, los usos de les hablantes y las normas del habla en los hechos. No decir cómo tiene que cambiar o cómo tiene que hacerse. Cuando se documenta sirve para la perpetuación, la enseñanza, para tenerlo como punto de referencia en las situaciones en que tengamos dudas. No debemos pensar que la RAE tiene un rol, que no tiene, de prescribir cómo deben hablar les hablantes. Su rol debería ser mucho más pasivo. Y la RAE, en realidad, muchas veces reconoce ese rol más pasivo (de no ser quien decide cómo hablamos sino reflejar cómo hablamos) cuando se excusa de excluir de su diccionario palabras que tienen un sentido peyorativo hacia ciertos colectivos, incluso hacia las mujeres. Sin embargo, sus referentes y la RAE como tal salen constantemente a tomar postura públicamente en contra del uso del lenguaje inclusivo.

Karina Galperin dice en una nota en La Nación que no tiene demasiado sentido invocar la norma cuando el planteo no surge de un desconocimiento de la norma sino, precisamente, de un malestar con ella…

Exactamente. Muchas veces, como respuesta al uso del lenguaje inclusivo, se explica la norma (“el masculino incluye a todos”). Y eso ya lo sabemos, lo que estamos cuestionando es esa norma, precisamente. Hay muchas mujeres que no se sienten nombradas cuando se utiliza el genérico masculino.

¿Recordás, o tenés conocimiento, de otros cambios que se hayan dado en el lenguaje y hayan tenido tanta resistencia?

Se han dado miles de cambios en las lenguas. Ya es un grupo más pequeño el de cambios en el lenguaje que se hayan dado impulsados deliberadamente por un grupo. Un ejemplo sería los que han llevado a dejar de definir las personas por determinadas características: “los sordomudos”; “los discapacitados”; “los pobres” y empezar a hablar de personas en situación de o personas con. Eso tiene un impacto y tiene un por qué, que es no pensar a las personas desde sus características, y muchos menos desde sus limitaciones. Otro ejemplo fue la lucha política del movimiento negro, cuando puso en cuestión el uso de la palabra nigger, que tenía todo lo peyorativo de la mirada racista del negro, y planteó que solo otra persona que se autoidentifique como negro estaba en condiciones de usar esa palabra sin ser racista. Algo parecido pasa en el movimiento LGTBI con la palabra puto. No sabemos si el lenguaje inclusivo va a terminar expandiéndose. Va a depender de el poder político que haya para impulsarlo y de las respuestas que vayamos encontrando, porque por ejemplo un aval de los medios de comunicación o una introducción en los contenidos de las escuelas podría ser clave, podría hacer la diferencia. Pase lo que pase, el hecho de que se esté impulsando hoy sirve como herramienta política para poner en cuestión una forma de habla que expresa una forma de organización social y de mirada del mundo genérico-asimétrica.

¿Creés que el lenguaje inclusivo, como cambio en la forma en que nos expresamos, tiene más resistencia que esos cambios que mencionaste anteriormente?

No tengo tanto conocimiento de cómo se dieron esos otros procesos. Sí es cierto que hoy se nota una especial animosidad contra el uso del lenguaje inclusivo. Y digo especial porque no es la misma animosidad que se presenta contra otras propuestas disruptivas del habla en el presente. Hoy por hoy, una cosa que pasa mucho en las redes sociales es la abreviación de las palabras, en parte como consecuencia de los pocos caracteres que tenía Twitter en un principio. Y son cosas que también, desde el punto de vista de la norma, se podrían decir que están mal. Sin embargo, no están cargadas de una intencionalidad política. Ahí está la diferencia y por eso la animosidad del rechazo. En el fondo, la resistencia es ante todo una resistencia política, que viene de sentirse incomodada por la interpelación más profunda que produce el lenguaje inclusivo.

¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de las diferentes formas que asume el lenguaje inclusivo? El arroba (@), la “x”, la barra (a/o)…

La forma binaria de mencionar a todas y todos, o la barra con “a” y “o”, tiene el problema de que, en primer lugar, alarga las oraciones. En términos comunicativos puede ser engorroso, puede quitar el ritmo a un texto… Pero además refuerza el esquema binario y seguimos identificando a las personas a través de nuestro género. Un género que a su vez está sumamente esquematizado. La propuesta del arroba sigue en ese esquema binario y al momento de pronunciarla, si bien en la escritura no necesitaríamos repetir (es decir, poner ambas formas –la masculina y la femenina), la versión oral debería ser esa, o sea, decir “todas y todos”. Es decir que en su correlato oral no resuelve el problema. Y además es un símbolo que no pertenece a nuestro abecedario. Entonces, desde el punto de vista político puede ser interesante por ser más disruptivo. Pero desde el punto de vista de adoptar su uso dentro de la lengua y del proceso de comunicación, no.

Por otro lado aparece, como reemplazo del arroba, la “x”. Acá tenemos el problema de que cuando nos encontramos con ella no sabemos como pronunciarla. Aún si estamos leyendo mentalmente, no sabemos qué correlato fonético tiene esa “x” y por tanto nos dificulta la lectura y al momento de pronunciar, si la pronunciamos como una “o” o con el sistema binario, sigue teniendo los problemas de esas formas.

¿Y la “e”?

La propuesta de la “e” es bastante práctica. Pero deberíamos decir que no implica solamente cambiar algunas palabras. Crear un genérico neutro supone añadir una forma gramatical nueva, que tiene que integrarse con el resto de las normas del idioma y eso implica que cumpla con las normas de concordancia, crear pronombres (como “elles”; “le”). Hay algunas cuestiones que hacen más difícil que nos pongamos todes de acuerdo para incorporarlo a la lengua, por el mismo hecho de que no todes tenemos un manejo fluido, consciente y explícito de las normas gramaticales, sino que nuestra forma de usarla y de respetarla tiene más que ver con la práctica que con un conocimiento racionalizado. Y tener que racionalizar la forma en que nos expresamos es difícil. Todo eso complica la incorporación.

¿Creés que es necesario institucionalizarlo para que se aplique por ejemplo en los colegios? ¿O no lo ves como algo necesario al menos por ahora?

Yo no usaría la palabra necesario pero podría ser una vía más de poner en cuestión las relaciones sociales, de mostrar que el lenguaje es algo contingente… No sé si tendría que ser un requerimiento pero sí estoy segura que no tendría que haber un impedimento. No se trata de obligar a les alumnes a hablar de una forma que no está todavía legitimada por las instituciones de lenguas, se trata de habilitarles la posibilidad de hablar así, de mostrar que existe esta propuesta, de darle visibilidad. Eso creo que tiene un gran potencial, que puede servir mucho a la reflexión social sobre las relaciones de género.

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¿Notás mayor aceptación del uso del lenguaje inclusivo en este último tiempo?

Creo que en algunos ámbitos hay mayor aceptación. Por ejemplo, el otro día dimos una charla con el equipo de El Gato y La Caja. La charla la dimos hablando en lenguaje inclusivo y sin embargo nadie hizo una observación negativa sobre ello. Lo mismo sucede con las respuestas de les lectores en la página de El Gato. Cuando escribíamos alguna nota usando la “e”, se desviaba la atención hacia eso, y ahora a veces no lo menciona ni siquiera una persona. Pero tampoco debemos caer en la generalización de las experiencias personales de cada uno. De hecho, no sabemos en qué medida nosotros mismos aportamos a que en un determinado espacio (como nuestra familia) comience a tener mayor aceptación el lenguaje inclusivo. Puede pasar que al salir de esas experiencias personales nos encontramos con un mundo mucho más crudo, en el que hablar con lenguaje inclusivo le pueda significar tener que renunciar a su trabajo, por ejemplo.

¿La discusión sobre el aborto incidió en esta expansión o mayor aceptación del uso del lenguaje inclusivo?

Sí, creo que sí. Creo que este año la lucha por el aborto ha permitido la confluencia de una gran militancia feminista, y eso ha sido como una culminación del proceso del Ni Una Menos y ha visibilizado un montón de cuestiones de género. Fue un marco muy favorable para empezar a discutir el tema del lenguaje inclusivo.

 

*Sol Minoldo es socióloga (UNLP), investigadora del CONICET y editora en El Gato y La Caja.

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