Luis Arias: “El Gobierno de Scioli era más bestial, pero no te iban a destituir”

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Por Milton Rivera

Luis Arias ya no camina los pasillos del juzgado que él mismo forzó a inaugurar en funciones allá por el año 2003. Ya no lo llaman de la misma manera ni lo tratan igual. Ya no se resuelve sobre tarifas, sobre inundaciones feroces o desalojos violentos. Ahora es Luis Arias a secas, o Luis para los amigos; ahora tiene tiempo para dar notas y ocupa el tiempo de otra manera. Ahora las revistas titulan “El polémico ex juez”, ahora camina por la ciudad y la gente –dice- le reconoce su apoyo. Llega vistiendo borcegos, y una camisa a cuadros escondida bajo la campera inflable azul que combina con el marco de sus anteojos. Con su voz arenosa, ronca y pausada, saluda a los mozos, a una mesa de dos personas que interrumpe el paso en el medio del camino, y estira su mano con complicidad.

Desde su génesis, el fuero contencioso administrativo de la Provincia de Buenos Aires representó más una molestia que una condición de Justicia para para la consideración del Poder Ejecutivo. En su nacimiento con Felipe Solá, después con Scioli, y hoy con María Eugenia Vidal, la historia le guarda un lugar olvidado y reniega de su composición, de sus fallos, de su joven vida. Pero no es la memoria que acompañará esta nota, que en todo caso pretende poner el foco en un personaje en cuestión: Luis Arias. Su destitución como juez corresponde también a otra asunto (imposible ser breve en la descripción del proceso de jury), pero de alguna manera sobrevuela todo el relato, y termina por darle forma a una personalidad que sí tiene protagonismo en cada una de las respuestas que ofrece.

Cada quien que lo cruza comete el error de llamarlo por el título que hasta hace poco figuraba en todos lados. Le dicen Juez Arias. El rótulo parece no abandonarlo, a pesar de que un jurado de 11 personas (en mayoría de 9 contra 2) haya decidido que las funciones ya no le pertenecen. Ahora tiene la posibilidad de prestar cerca de dos horas de su tiempo y tomarse un café alejado de la selva porteña, y distante del caos que se apoderó de la ciudad de La Plata por los reclamos que duermen en carpas pegados a la casa de Gobierno. En Villa Elisa, a 10 cuadras de la estación de tren, Arias se entrega al grabador para repasar su vida y sus ideas. A pesar del recorrido amplio de preguntas, siempre cae en su destitución. Quiere hablar y se nota porque interrumpe, vuelve atrás, retoma una respuesta que dice querer redondear pero el cierre se vuelve eterno. Es un campo minado: donde uno pisa, la bomba de la destitución estalla y termina por desparramar todos sus escombros sobre el cuestionario. Así y todo, la descripción algo engorrosa,  pero no por eso menos acertada, de un ex juez que a simple vista parece salirse del molde tradicional de los de su raza.

¿Cómo definiría la actividad de un juez?

Yo creo que hay que hacer diferencias. Lo que ocurre en la provincia de Buenos Aires es que el poder político se ha retirado del territorio. Han tercerizado y privatizado la acción política. Entonces hay un par de punteros que manejan el territorio y tienen fuerte vínculo con la policía, con el narcotráfico, con los jueces y fiscales. Y ahí se empieza a armar un gerenciamiento del delito que los que son parte muchas veces vienen del Poder Judicial Penal. De todas formas, hay muchísimos jueces que siendo funcionales al poder y al sistema, obran de buena fe; no es que todos sean corruptos. Pero el Poder Judicial Penal, en general, sobre todo a nivel de fiscales y jueces de garantías, tiene un problema de corrupción estructural.

Por otro lado, los jueces no podemos ser juzgados por el contenido de nuestras sentencias, es como en el periodismo la libertad de expresión o de imprenta. Los jueces no pueden ser controlados políticamente por un jurado de enjuiciamiento; para eso están las distintas instancias. Y lo que hicieron conmigo es eso: controlaron el contenido ideológico de mis decisiones. Ahí hay un hilo conductor que representa dos modelos decisionales diferentes: uno con un fuerte sesgo represivo y funcional a los intereses del poder; y otro, como en mi caso, con un sentido protector de derechos. Un paradigma protector frente a un paradigma represivo. Por eso creo que el gobierno ha tomado mi caso como una forma de afincarse en un esquema, en un paradigma judicial que es justamente el represivo, frente a la defensa de derechos.

¿Quiere decir que un juez tiene ideología?

Todo el mundo tiene ideología. Justamente lo que distingue a los animales del ser humano es que tiene ideas. Si no las tuviera sería un animal.

Reformulo la pregunta: ¿La decisión de un juez tiene ideología?

Sí, siempre. Es imposible deslindar la ideología de la decisión, porque la ideología es algo que incluso transita niveles del inconsciente. Es decir, muchos no reconocen que tienen una ideología, una forma de ver el mundo. No la admiten, ni siquiera la racionalizan. Muchas veces uno conversa en la calle con la gente y algunos se jactan de no tener ideología, y en realidad sí la tienen. Ese supuesto implica asumir posturas individualistas y conservadoras porque hay una ideología que es la imperante, que es la que pinta el paisaje: ¿Nosotros ahora que estamos viendo? Vidrio, rejas, paredes… Y naturalizamos eso. Decimos bueno, esto es el mundo… Pero en realidad ¿es eso el mundo? Esto es así, la política es así, son todos corruptos, la iglesia está hecha para tal cosa. Es decir, prejuicios y preconceptos que tienen un fuerte sesgo ideológico, pero además de eso, el mundo en sí mismo.

Pensémoslo desde la Constitución, por ejemplo. Tiene un contenido ideológico, son políticas que las dictan políticos. Es el principal proyecto político de un país, ¿y eso no es ideológico? Los jueces analizamos esos proyectos políticos en cada una de las decisiones. Las normas son textos que están sometidos a las mismas reglas hermenéuticas que cualquier texto: pueden ser interpretadas de distintos modos, como la poesía, como la literatura.

¿Entonces el derecho no es una ciencia?

No lo es, a mi modo de ver. De hecho es una técnica, una tecnología distributiva de poder. Se puede usar en un sentido observador, convalidando o profundizando estructuras sociales vigentes, y las asimetrías de poder; o se puede utilizar en un sentido emancipatorio. Es decir, tratando de equilibrar la balanza. Porque además de que hay distintas interpretaciones no hay un texto sino varios, que a veces colisionan entre sí. Por ejemplo: el derecho a circular libremente es un derecho, pero el derecho a la protesta también, ¿qué pasa cuando hay un corte de una calle? Entran en colisión. Entonces: ¿cuál prevalece?

Lo mismo con la discusión sobre la legalización del aborto: discutimos qué derecho está primero. ¿Y de qué depende que un juez decida de un modo u otro? De su ideología.

Lo que yo digo es una herejía, pero es así. Siempre inciden las relaciones de poder. Cuando uno dicta una ley regula una vida humana, y cuando se las interpreta también. Cuando hablamos de la legalización del aborto por ejemplo, estamos decidiendo sobre el poder que tiene una mujer sobre su propio cuerpo. Lo mismo que cuando el derecho castiga a una persona que induce al suicidio a otra. El suicidio es esencialmente malo para el derecho, y es algo que tiene que ver con la disposición del propio cuerpo. En fin, siempre estamos hablando de poder: el poder como una voluntad. Entonces, desde esta perspectiva, el derecho es una tecnología distributiva de poder: lo que le da a uno, lo que le quita a otro… Pero yo no propicio un nihilismo jurídico, no es la negación del derecho. Lo que digo es que hay un rango de racionalidades posibles en las decisiones jurisdiccionales. Cuando un juez penal dispone un desalojo de una tierra ocupada por unas personas, está decidiendo hacer prevalecer el derecho a la propiedad frente al derecho a la vida, a la salud, a la vivienda y a todos los derechos sociales, porque no hay derecho social posible sin el acceso a una vivienda. Claro, lo que pasa es que al derecho le conviene vestirse con el ropaje de la ciencia, porque son el fetiche de este tiempo. Así como a los jueces les conviene también vestirse con el ropaje de la justicia, con la toga. Vos fijate, hasta en los rituales del derecho: existe esa utilización de lo simbólico, el poder simbólico de un valor como la justicia. Por ejemplo, cuando hay una medida que les gusta juegan con esto: “La justicia determinó tal cosa”; y cuando no les gusta dicen: “El polémico juez Arias…” La explotación del poder simbólico de la justicia, de sus valores, es muy importante, y son los fetiches de este tiempo. La ciencia… ¿Cómo le discutís a alguien que plantea algo en nombre de la ciencia? “Está científicamente comprobado”. Ahí es donde se disputan los sentidos.

Con respecto a su intervención en la causa de las inundaciones de La Plata, ¿podría pensarse que viene a tirar abajo esta teoría del juez militante?

Si, en ese momento estaba Scioli. Y además antes de él estaba Felipe Solá, y antes Carlos Ruckauf. Yo siempre decidí de la misma manera. El día que yo sienta que no puedo decidir como yo pretendo porque puedo tener alguna afinidad con un gobierno, ese día me voy. Pero nunca a mí nadie me torció la pluma. Nunca cedí a la presión de los poderes. Aún sabiendo que podía pasar esto que pasó. Pero bueno, tiene que ver con convicciones personales. Yo sabía que a mí no iban a poder tirarme una carpeta arriba de la mesa porque yo jamás me metí en nada, siempre viví de mi sueldo. Hay jueces que están asociados a algunos estudios paralelos, o el ámbito penal que es un antro de delincuentes, yo siempre lo he dicho.

Los abogados nos elegían todos los años como el mejor juzgado, cinco años consecutivos. Y el día que le entregaron la distinción al juzgado yo estaba suspendido. Fijate qué paradoja, porque la mitad de las personas que me suspendieron son del Colegio de Abogados, o sea, los abogados nos eligen el mejor juzgado y el Colegio me destituye. El último año todos fueron a recibir el premio con una bandera que decía “No a la destitución del juez Arias” y yo estaba suspendido.

¿Qué diferencia hay entre el gobierno de Scioli y el de Vidal en su relación con el Poder Judicial?

El gobierno de Scioli era más bestial. El de María Eugenia Vidal tiene más refinamiento en sus objetivos políticos. No es que esté a favor o en contra porque no tiene nada que ver con eso. Yo lo terminé votando a Scioli porque muchas veces uno termina eligiendo el mal menor. Pero para que te des una idea, a mí en el 2015 me pararon en el medio de la ruta 36 a las 2 de la madrugada cuando volvía de la costa. En plena oscuridad se bajaron de los patrulleros apuntándome a mí y a mi familia con armas. Había sucedido el desalojo de Abasto, y justo me pararon en ese lugar. 10 patrulleros, 28 agentes rodeándome. Yo tengo inmunidad de detención, no me podían detener pero tampoco me dejaban ir. Estuvieron dos horas ahí en la ruta hasta que llamé al fiscal de turno, le expliqué y les inició una causa por privación ilegítima de la libertad, que por supuesto nunca tuvo resolución. Eso era Granado, Casal… Eran bestiales, pero no te iban a destituir. Hoy están disfrazados con un ropaje más alambicado pero no por eso menos lesivo. Igual yo creo que el Poder Judicial es corrupto, hay mucha corrupción. El Poder Judicial Penal sobre todo.

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¿Usted viene de una familia con tradición judicial?

No. Mi padre es salteño y mi madre de Bolívar, del interior de la provincia de Buenos Aires. Mi padre sí era abogado, vino desde Salta a estudiar en la escuela secundaria por la Fundación Eva Perón. Era de una condición muy pobre, muy humilde. En Buenos Aires conoció la dignidad, tuvo su primer par de zapatos. Pudo estudiar y después ir a la universidad. Es mentira que los pobres no llegan a la universidad, mi padre era pobre y se recibió. Yo creo que la influencia de mi padre ha sido muy fuerte en ese sentido. Él escribía en la máquina de escribir Remington con dos dedos, y entonces como yo escribía con toda la mano, me decía: “Sentate, vení, vamos a escribir una demanda, una contestación”. Me incorporó mucho su actividad desde que yo tenía 17 años.

Y yo me recibí y me puse a ejercer enseguida, no necesité entrenamiento. Y no me gustaba mucho el ambiente del poder judicial. Siempre tuve muchos reparos de lo que veía del otro lado del mostrador. Incluso haciendo de abogado, litigando, sentía mucha bronca cuando veía que los abogados con trajes muy caros y distinguidos entraban por una puertita del costado sin pasar por la mesa de entrada para ver al juez directamente. O cuando en la mesa de entrada te atendían casi siempre hombres porque era una tarea de subir y bajar expedientes que requería fuerza supuestamente. Si no sabías chistes futboleros, no te daban bola o no te atendían de la misma manera. O tenías que ser mujer y llevar una minifalda, o tenías que ser hombre y saber de fútbol para conseguir las cosas que uno veía en el Poder Judicial. Y el desprecio sobre todo con el que trataban a la gente. Yo lo he vivido del otro lado del mostrador y me sirvió para ver que eso era lo que había que cambiar.

¿Y cambió?

En mi juzgado sí. Al menos yo hice todo mi esfuerzo para que eso cambiara. Te cuento esto: cuando tuve la oportunidad,  le ofrecí trabajar en la mesa de entrada a una chica que trabajaba en un lavadero de ropa en Arana y Centenario. Me dijo: “Pero yo no sé nada”. No importa, tenés lo más importante que es la atención, el trato con la gente, le dije. A los dos meses ya sabía todo, y a los seis ya era la mediocampista del juzgado. Nunca un problema, siempre con una sonrisa. Yo creo mucho en eso. Apuesto a la gente de bien y que, naturalmente, se compromete.

Yo tuve suerte porque el juzgado arrancó de cero. Recuerdo que todo el mundo venía a pedirme. Los propios colegas me decían que nombrara a sus hijos para que ellos después me devuelvan el favor con alguno de mis hijos. Yo les dije que tenía todo ocupado. Y a los que vinieron con el currículum en mano pidiendo trabajo, a eso sí los cité. A veces con pequeñas cosas uno puede hacer mucho. Todos los años les hacía un asado en mi casa a los chicos del juzgado. Los agasajaba porque realmente yo lo sentía así. Creo mucho en lo potente que pueden ser las relaciones humanas y tenderle la mano alguien. Puede parecer la cosa más naif pero te aseguro que no lo es. He conocido el costado más duro de la calle, pibes en conflicto con la ley penal que les das un abrazo y se desarman… Les das un abrazo y se desarman. Eso lo sentí también cuando me destituyeron: el afecto de la gente, el apretón de manos, el abrazo.

¿Tiene vocación para ocupar algún cargo político?

Mi vida siempre estuvo ligada a lo público. No me queda carrera en el Poder Judicial porque no puedo ocupar cargos. Nosotros vamos a seguir apelando en todas las instancias pero eso puede durar décadas. Y aparte no creemos que vayamos a revertir esto en el ámbito nacional, sí creemos que lo vamos a revertir en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ahora, creo que en ese contexto, yo no me veo otra vez litigando en los pasillos de tribunales. Salvo litigios institucionales, por el momento no voy a volver al ejercicio particular de la profesión. De modo que es muy probable que trate de canalizar todo esto en el ámbito de la política. Incluso para modificar todo aquello que a mí me llevó a la destitución. Es decir, yo creo que la cuestión se arregla desde lo político. No hay otra forma de hacerlo. No hay otra forma de cambiar el Poder Judicial, no hay otra forma de cambiar las estructuras que llevan a este tipo de situaciones. Pero de igual manera, yo no comulgo con las formas y los estilos que tiene hoy el poder político.

¿El momento es ahora?

No se cuándo va a ser el momento, ni en qué función. Pero lo que sí se es que esta situación de ir unos contra otros, esta disputa del poder por el poder mismo, no es una forma que veo posible de construcción política. Porque en definitiva desde el sector popular cuando se pregonan ciertos valores como la solidaridad, la fraternidad, los derechos de los otros, cuando van al plano político utilizan todo a la inversa. Yo creo más en el consenso. Por eso a muchos que me preguntan y están preocupados por lo que voy a hacer, siempre les dije lo mismo: construyan un consenso y yo voy a estar. No me pidan a mí que vaya a confrontar en política porque no está en mi esencia. Como no está en mi esencia ejercer para ganar dinero. Muchos me dicen que me ponga un estudio jurídico y gane plata, pero no me sentiría feliz. Por supuesto que uno tiene que ir a la compulsa, pero dentro de los espacios populares con los cuales me identifico, sueño con una idea de construir algo distinto como en su momento lo soñé en el Poder Judicial. Más allá del resultado uno termina en una suerte adversa como es mi caso, pero no hay que mirar el objetivo, hay que perderlo. Yo si participo en la política lo voy a hacer desde otro lugar, no desde la competencia, sino desde el consenso.

¿Cree que todo el espectro político está guiado por estos parámetros de competencia inescrupulosa?

Yo creo que sí, en gran parte. Y me parece que eso hay que cambiarlo. Y creo que es posible. El tema es que no se puede pelear el poder dentro del campo popular como se pelea en el ámbito de los partidos liberales. No es creíble que digas “la patria es el otro” por un lado, y que a tu compañero político le estés dando en la cabeza con el mástil de la misma bandera que estás proclamando. Ese es el problema que hoy tienen los partidos populares: la acumulación de poder, la acumulación de capital político, la destrucción del adversario político dentro del mismo espacio. Hay que mirar los ejemplos de Bolivia, de México. López Obrador en México construyó una alianza con sectores políticos diversos por fuera de los partidos tradicionales. Llegó por fuera. ¿Cómo logró traspasar las fronteras de los partidos tradicionales altamente atravesados por la corrupción? Creó un consenso. Yo creo que ese es el camino. Como Evo Morales en Bolivia. No es que uno no vaya a confrontar. Justamente para confrontar con los poderes es que hay que lograr unidad en el campo popular.

En ese contexto ¿Cómo ve el panorama de cara a las elecciones?

Veo una gran crisis de representatividad por esto mismo que te digo. Creo que hay gran consenso sobre las políticas que implementó el gobierno anterior. Algunos dirán hay que profundizarlas, o tendrán en todo caso una visión de apoyo crítico. Pero creo que hubo un consenso de políticas que fueron buenas, en general. Ahora, cuando uno habla de la dirigencia, yo al menos noto que hay una gran crisis de representatividad. Y eso porque se apoderaron de las estructuras. No permiten la participación de nadie y se adueñaron de los espacios como si fueran kioscos. Eso va en contra de la esencia misma de lo que uno se plantea como gobiernos populares. Pero bueno, creo que van a surgir inevitablemente nuevos referentes que deben atravesar las estructuras políticas. Si eso ocurre yo voy a estar ahí, no tengas dudas. Si eso no ocurre y todo es una lucha del todos contra todos en el campo de la representación popular, y bueno… Habrá que seguir perdiendo elecciones. Habrá que enfrentar la debilidad. O seguir votando al menos malo, porque creo que Scioli pierde por eso. Él representa la matriz de hacer política de los años 90. No era creíble en su discurso. Y eso se advierte en muchísimos casos. Por eso cuando las estructuras se impongan en los distintos territorios, y se den cuenta que sus candidatos no miden, saldrán a buscar nuevos representantes. Esos representantes tienen dos opciones: o van con las estructuras o las enfrentan. Pero repito, hay mucha dirigencia surgida en estos tiempos que es muy interesante.

¿Como por ejemplo?

No, no quiero mencionar a nadie en particular. Pero hay mucha gente que le pone el cuerpo, que le pone su esfuerzo en función de los ideales de los cuales están convencidos. El problema es que no se lo traguen las estructuras.

Por último, ¿quién es Luis Federico Arias?

Es muy difícil hablar de uno mismo. Esa no es una pregunta que me la tendrían que hacer a mí, sino a otros. ¿Te sería sincera mi respuesta? No sé… Sería absolutamente subjetiva. Está apuntada a la subjetividad misma… ¿Qué puedo decir yo de mí mismo?

Pero bueno, te puedo responder que siempre he tratado de ser una persona como las demás. Sin anteponer cargos ni condiciones sociales. Yo soy una persona que mira al ser humano. Soy una persona que reivindica el humanismo por sobre todas las cosas frente a un mundo cada vez más deshumanizado. Eso creo que soy. Puede sonar muy vanidoso, pero es lo que procuro, no se si lo logro. Eso tendrán que decirlo los demás.

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