Por Ramiro Albina

El ascenso de Jair Bolsonaro hay que entenderlo como un síntoma. La desilusión, desconfianza y hostilidad hacia los gobernantes e instituciones consideradas como parte del sistema llevan al triunfo de aquellos candidatos percibidos como disruptivos (con la interrogante de si la persona candidata seguirá sosteniendo sus mismas posiciones luego de asumir responsabilidades de gobierno). Es cierto, Bolsonaro no es un outsider sino un político marginal, pero es quien mejor pudo disimular esa condición.

Podemos preguntarnos estupefactos cómo un candidato que ha hecho comentarios a favor de la dictadura militar y absolutamente discriminatorios para con distintos sectores de la sociedad llegó a la presidencia, pero difícilmente exista una respuesta unívoca. Nuestra herramienta fundamental como ciudadanos, el voto, lo utilizamos no únicamente como medio para elegir a nuestros representantes sino para expresar un conjunto de demandas que son propias de cada individuo. Sin embargo, hay principalmente dos motivos que nos mueven a votar a determinada propuesta electoral: en primer lugar puede existir una convicción en una propuesta del candidato A (voto positivo); o por otro lado un rechazo tan grande al candidato A que nos lleva a elegir a un candidato B quien se muestra como su antagónico más claro (voto rechazo), y en este caso el antipetismo parece haber jugado un rol muy importante.

La desilusión, desconfianza y hostilidad hacia los gobernantes e instituciones consideradas como parte del sistema llevan al triunfo de aquellos candidatos percibidos como disruptivos.

Un contexto de recesión económica, escándalos de corrupción y aumento de la inseguridad, siempre es un caldo de cultivo para líderes que proponen soluciones claras, simples…y equivocadas. La mayoría de los ciudadanos no busca gobernantes que les ofrezcan discusiones teóricas en términos abstractos sino resultados concretos. Los escenarios épicos desaparecen como la arena entre los dedos si en nuestra realidad cotidiana no encontramos soluciones a los problemas que más nos preocupan. En este sentido, las izquierdas muchas veces no dan respuesta discursivamente a problemas que afectan a grandes mayorías, y que incluso son etiquetados como demandas de clases medias o altas en términos despectivos (o “caceroleros”, dirían otros). La corrupción y la inseguridad son los ejemplos más claros. Cuando surgen líderes que ponen en palabras esas preocupaciones (incluso de la manera más brutal) una parte importante de los ciudadanos pueden llegar a sentir cierta tranquilidad y comprensión. Pero esto es tarea de psicólogos y sociólogos.

Hablemos de democracia

La democracia es un sistema de gobierno en el cual elegimos a nuestros gobernantes y los echamos en las próximas elecciones si no satisfacen nuestras expectativas (con el supuesto de elecciones competitivas, limpias y regulares). Sin embargo, entenderla como un régimen político independiente de las condiciones materiales no significa restarle importancia a estas últimas, ya que esto conllevaría dos riesgos: primero, cuando las desigualdades son tan profundas las democracias corren el peligro de encontrarse frente a una ciudadanía nominalmente universal, pero sin los medios para ejercer efectivamente sus derechos. Segundo, y esto es lo que más nos interesa, cuando las élites democráticas no encuentran soluciones a las demandas materiales de la sociedad, la legitimidad del régimen puede ser cuestionada. Lo anterior es importante para esclarecer un punto: la democracia es un sistema de gobierno que no asegura la satisfacción universal. Gobernar es distribuir recursos escasos, afectar intereses, y pelearse con otros. En toda democracia van a haber personas descontentas y decepcionadas, ganadores y perdedores con determinada política, pero sin embargo la seguimos sosteniendo en parte por el espanto frente a las alternativas (memoria histórica), y porque la democracia liberal es la única forma factible en nuestro mundo de un grado considerable de libertad política. Por lo tanto no la valoramos con un medio sino como un fin, siempre perfectible. Expectativas y esperanzas son dos elementos clave para mantener el consenso democrático; la política requiere que creamos en algo que nos amplíe el horizonte de lo posible. Esta valoración de la misma como el régimen político más deseable es la que ha venido mostrando números increíblemente bajos en algunos países de la región según las encuestas de Latinobarómetro. 

La democracia es un sistema de gobierno que no asegura la satisfacción universal. Gobernar es distribuir recursos escasos, afectar intereses, y pelearse con otros.

El régimen democrático precisa de reglas formales y procedimientos establecidos y conocidos por todos los actores. Sin embargo, entran en juego también reglas no escritas que cumplen un rol fundamental. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro “How democracies die” sostienen que dos de estas reglas fundamentales son la tolerancia mutua, y el autocontrol en el ejercicio del poder. Ambas están relacionadas, ya que cuando consideramos a nuestros adversarios como enemigos ilegítimos el objetivo no es derrotarlos sino eliminarlos de la competencia, llevándonos a un círculo vicioso y una escalada que pone en riesgo el funcionamiento democrático.

De populistas y grietas

En tiempos donde la palabra “populismo” se utiliza como una etiqueta sin contenido para descalificar lo que no nos gusta, y “grieta” se usa hasta para una discusión sobre si el mate se toma dulce o amargo (si bien soy consciente que este ejemplo puede despertar pasiones), es necesario tener en cuenta dos cuestiones. Primero, la personalización de la política y el poder no produce necesariamente gobiernos autoritarios; y segundo, los sistemas polarizados no llevan inevitablemente a quiebres democráticos. La diferencia es de grados. En cuanto a los liderazgos, las democracias no pueden prescindir de estos;

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el problema surge cuando los líderes creen poder prescindir de la democracia, y Bolsonaro en ocasiones dio muestras de ello. El abuso del término populismo para calificar cualquier liderazgo que no sea de nuestro agrado le quita su utilidad como categoría de análisis. El populismo  es un estilo de gobierno que no es incompatible con la democracia a pesar de sus características iliberales. Cuando surgen liderazgos que cuestionan las reglas fundamentales de un régimen democrático el populismo sería el menor de los males frente a la posibilidad del surgimiento del autoritarismo.

El populismo  es un estilo de gobierno que no es incompatible con la democracia a pesar de sus características iliberales.

Con respecto a la polarización, si bien es algo intrínseco e incluso necesario en todas las democracias que se edifican sobre sociedades diversas, un exceso de la misma puede erosionar las normas de convivencia. La política en términos generales es fruto de la existencia de conflictos sociales y por lo tanto la democracia no se sustenta sobre un consenso permanente sino que se alimenta de las diferencias de intereses y valores, institucionalizando esos conflictos a través fijación de reglas y límites. El escenario de balotaje en general nos ofrece, por obvias razones, resultados polarizados (en distintos grados de intensidad), pero en esta última elección brasileña tuvo lugar una radicalización de las posiciones políticas que introdujo una dinámica centrífuga (a favor de posiciones extremas). No miremos a Brasil con anteojos argentinos, la división brasileña es social (de clase, racial, etc) y no simplemente política. La grieta no la inventamos nosotros, y no estamos tan mal como nos gusta creer. 

La política en términos generales es fruto de la existencia de conflictos sociales y por lo tanto la democracia no se sustenta sobre un consenso permanente sino que se alimenta de las diferencias de intereses y valores,  institucionalizando esos conflictos a través fijación de reglas y límites

¿La democracia hace ruido cuando se rompe?

Si nos pidieran que imagináramos un derrumbe de la democracia, probablemente la imagen que tendríamos en mente es la de personas armadas entrando en los palacios de gobierno. Sin embargo, este también puede ser resultado de las acciones de líderes que utilizando estas mismas instituciones democráticas, las terminen derribando desde adentro. Para utilizar dos conceptos que ya son de uso cotidiano, y trasladándolos de la economía a la política, podemos encontrar quiebres democráticos de “shock” y otros como resultado de procesos “graduales”. Un ejemplo del primer tipo es un golpe militar, donde no existen dudas acerca del momento en el que se quebró una democracia. En cambio, en el segundo tipo es difícil establecer un punto exacto en el cual se produce esta quiebra, ya que es resultado de pequeños pasos muchas veces imperceptibles. Tomemos el caso de Venezuela. Difícilmente alguien podría decir hoy que en Venezuela hay una democracia sin ponerse colorado; sin embargo hasta hace poco tiempo, cuando aún combinaba elementos democráticos y autoritarios (a pesar de que la cancha de juego ya venía inclinada), la discusión sobre si era o no un régimen democrático era imposible de saldar entre personas con distintas opiniones acerca del chavismo. Es por esto mismo que es fundamental estar atentos cuando son identificadas tendencias autoritarias (presentes en el discurso de Bolsonaro), que luego pueden o no traducirse en acciones concretas, para evitar llegar a una instancia en la cual tengamos enfrente el precipicio sin poder dar marcha atrás.

Es fundamental estar atentos cuando son identificadas tendencias autoritarias que luego pueden o no traducirse en acciones concretas.

Lo que la elección se llevó, y nos dejó

Los resultados de la primera vuelta electoral nos ayudan a interpretar hasta cierto punto el mensaje de los ciudadanos al momento de votar y también pensar el contexto en el cual deberá elaborar su estrategia de gobierno Jair Bolsonaro.

El sistema partidario brasileño ha mantenido dos características y una tercera que surge de ellas: multipartidismo en el Congreso (uno de los más fragmentados del mundo); una lógica bipartidista en la competencia por la presidencia (desde 1994 se mantuvo una dinámica polarizada entre el PT y el PSDB); y como resultado, la necesidad de establecer amplias coaliciones en el gabinete (presidencialismo de coalición), otorgando ministerios a cambio de apoyo legislativo… ¡AH! y algún sobre por debajo de la mesa. Los resultados de la primera vuelta fueron una clara expresión del descontento con los principales actores, con la caída del apoyo electoral a los partidos que estructuraban en cierta medida la política brasileña. Se habló mucho de la pérdida de apoyo electoral del PT, pero un dato más relevante es el derrumbe de los partidos “centristas” (PSDB y MDB) en la competencia presidencial. El PSDB obtuvo un 4,8% y el MDB (ex PMDB), que no acostumbra a presentar candidatos propios sino que se especializa en vicepresidentes, el 1,2%. Todavía es temprano para especular sobre si esto es una imagen coyuntural o puede representar cambios en la dinámica de la competencia partidaria a futuro. Lo que queda claro, es que en el país vecino nadie celebra el Día de la Lealtad.

Se habló mucho de la pérdida de apoyo electoral del PT, pero un dato más relevante es el derrumbe de los partidos “centristas” (PSDB y MDB) en la competencia presidencial.

Con Bolsonaro en la presidencia se abren dos escenarios posibles. En el primero de ellos, el presidente electo mantendría la tendencia reflejada en su discurso lo que daría lugar a un liderazgo autoritario e inestable con un futuro impredecible (resta ver el rol que jugarán las Fuerzas Armadas). En un segundo escenario las características del sistema, especialmente la necesidad de lograr acuerdos legislativos para alejar el fantasma del impeachment  y generar gobernabilidad (teniendo en cuenta que su partido, el PSL, va a tener alrededor del 11% de la representación en Diputados y Senadores), podría ejercer efectos moderadores en el nivel de polarización ideológica.

La esperanza recae en estos incentivos moderadores que surgen de la forma en la que tradicionalmente se ha estructurado la política brasileña, lo que generaría un presidente distinto del candidato; pero no hay nada intrínseco en las democracias que nos haga inmunes a una caída de la misma, especialmente cuando asoman problemas de legitimidad. Las instituciones no son resistentes como una plancha de metal sino que se rompen como el vidrio, se pueden llegar a doblar un poco pero en un momento estallan en mil pedazos. El escenario está abierto y por lo tanto hay que esquivar las predicciones terminantes que ya hablan de un derrumbe, así como también aquellas que ponen demasiada confianza en las instituciones perdiendo de vista su dependencia de un consenso que debe ser percibido como legítimo, y que nada asegura su permanencia en el tiempo. Se necesita prudencia y una atención permanente a cada paso, no son tiempos de normalidad ni de certezas.

* El autor es estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires

 

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